27 noviembre, 2021

Dos visiones del mundo: contrapuestas y el derribamiento de estatuas

Por Pablo Emilio Caballero Pérez

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” Esta cita del filósofo y economista alemán Carlos Marx resulta pertinente en este momento en el que se ha abierto camino una nueva visión de la historia de la conquista europea de América. En efecto, a la visión tradicional, heredada por la clase social dirigente americana, y enseñada en la escuela, que veneraba esa conquista y hacìa apología a ella; exaltando que nos trajo la lengua española, la religión cristiana y la civilización, porque según la misma los indígenas se encontraban en un estado de barbarie, se opone ahora la visión amerindia que como un iceberg asoma la punta del inmenso témpano. Sobre esa gran masa se deslizan nuevas mentalidades y surgen nuevos conceptos para denominar ese hecho histórico: encuentro y choque de culturas diferentes, en vez de descubrimiento y colonización, porque no se puede descubrir lo ya existente, lenguas y culturas vernáculas, en lugar de lenguas de idólatras; prácticas rituales nativas, soberanas y autónomas en vez de prácticas heréticas. Así, pues, “el mayor acontecimiento cosmográfico y cultural registrado en dos milenios de historia de la humanidad” (Roa Bastos, Augusto) se vio empañado y obliterado por la visión eurocéntrica del mundo que no sólo se consideraba portadora de la verdad revelada, sino que debía imponerse y aceptarse. Dicha visión implicó la negación del otro, el diferente: el indígena, negación del nativo como un ser diferente al europeo y con identidad propia, al punto que Juan Ginés de Sepúlveda “humanista” español puso en duda la condición de ser racional de los indios por su piel cobriza, su baja estatura y la “Jerigonza” de sus lenguas. La visión europeizante asumida por la clase dirigente criolla en los primeros periodos republicanos y expresada a través de la dicotomía barbarie-civilización se tradujo por un lado, en la erección de estatuas al hollador de nuestro suelo: Belalcàzar en Cali, Pedro de Heredia en Cartagena, Rodrigo de Bastidas en Santa Marta, Jiménez de Quesada en Bogotá; y por el otro, en la invisibilización de la contraparte, el indígena. Las únicas estatuas levantadas al aborigen corresponden a dos mujeres que fueron, raptada una y la otra enlazada sentimentalmente con el español: la india catalina en Cartagena y la Malinche en México. Frente a ese acto nugatorio, hoy las nuevas generaciones responden de la misma manera contra los símbolos de la invasión al derribar las estatuas en su memoria. Esta determinación emocional y de indignación retroactiva se explica, pero no se justifica ya que la historia de América a pesar de lo injusta, cruel y arrasadora de su cultura primigenia que haya sido, resulta inseparable de la historia europea, como lo afirma el intelectual cubano Roberto Fernández Retamar. La ruptura con el pasado de avasallamiento y exterminio debe continuar profundizándose en el nivel conceptual, ideológico y político, superando los esquemas mentales dogmáticos, excluyentes e imperiales; viendo en el otro a un semejante diferente, en una interacción de alteridad u otredad, es decir, con identidad propia. En la constituyente de 1991, representativa del espectro político y social más diverso y multicolor se dio un paso importante, paso que se complementó con la ley general de educación 115 de 1994, las cuales reconocen el derecho de las comunidades étnicas a una educación desarrollada no sólo en lengua castellana sino en la propia lengua nativa para aquellas comunidades que cuentan con tradición lingüística propia. Asimismo, “Esta educación debe estar ligada al ambiente, al proceso productivo, al proceso social y cultural, con el debido respeto de sus creencias y tradiciones”.

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