27 noviembre, 2021

Religión ¿Alucinógeno para el ser humano?

Por Joaquín De La Hoz

En un cerebro (individuo) bajo los efectos de sustancias psicoactivas, su composición y niveles electroquímicos se alteran de manera tal que la interpretación de lo que perciben sus sentidos es totalmente diferente al de un cerebro que no está bajo los efectos de estas. La capacidad objetiva de ese cerebro se trastoca inclinándose a lo subjetivo, sintiendo sensaciones alucinantes que lo hacen desenganchar del plano real, conllevándolo a juicios erróneos.

La máquina que más se parece al proceso ejecutado por el cerebro humano (iniciar, coordinar, realizar acciones ordenadas) es el computador u ordenador. Este recibe información, procesa, compara, almacena, calcula, suma, resta, multiplica, toma decisiones, tal como lo hacemos nosotros. Su parte física o hardware está dividida en áreas con funciones específicas que se interconectan de acuerdo a la instrucción a ejecutar, parecido a la forma de enlace neuronal que ocurre en nuestros cerebros. La otra parte de la máquina viene a ser la llamada blanda o software que es la forma cómo se programa la misma para realizar sus funciones, qué hacer y cuándo hacerlo. Esta programación se efectúa por medio de una serie de instrucciones que llevan una secuencia lógica que se envía a la parte hardware a través de un bus de datos en forma de pulsos eléctricos (bits). Comparándola con el ser humano nuestro software viene a ser la información que reciben nuestros cerebros y que nos hacen tomar decisiones, deducciones, comparaciones, conclusiones, acciones en nuestras vidas. Hoy por hoy por parecerse a la forma de proceder del ser humano, la computadora es la máquina más amigable y confiable que se haya podido inventar; nos ha modificado y facilitado la vida en forma exponencial, tanto, que en muchas circunstancias de la cotidianidad dependemos totalmente de ellas. ¿Qué pasa cuando se le altera su “software”, su secuencia lógica? (error de programación), cuando esto ocurre pueden convertirse en grandes generadoras de caos al alterar su funcionamiento, así como su fiabilidad, pudiendo en ese momento poner en peligro la vida de muchos humanos que estén en una actividad bajo control de la mismas. Es entendible entonces que la máquina dependerá de la programación introducida y el humano de la información que haya recibido su cerebro, para realizar sus tareas, sus funciones.

Pienso, que todo cerebro que se informe, se instruya bajo los principios de una “verdad absoluta divina”, es un cerebro que alucina, al aplicar a la realidad una secuencia lógica partiendo de una premisa, la que bajo ningún método se ha podido comprobar que exista (error de información), infiriendo entonces que esa “verdad” no tiene un ordenamiento real demostrable para que pueda considerarse como válida, que la misma es solo una creencia que lo desengancha del plano real, que lo inclina hacia lo subjetivo, conllevándolo a juicios con conclusiones erradas, basadas en los preceptos que sustentan esa idea, haciéndolo interpretar los acontecimientos de la vida de manera diferente a aquel cerebro que no está bajo el influjo de esa información. Para ese cerebro la VERDAD se circunscribe a esa, la que lo ha estado influenciando, atrapando, moldeando; a esa verdad divina escrita muchos siglos atrás cuando todavía la Tierra era “plana”, centro del universo y el sol giraba a su alrededor, en donde animales como las serpientes que hoy conocemos, tenían la propiedad de hablar, discernir, subvertir; a esa verdad fundamentada en infiernos, demonios, maldiciones, pecados, penitencias, temores, obediencias, persecuciones, castigos; a esa basada en revelaciones, alegorías, mitos, fábulas, leyendas, enigmas, fe, simbolismos, secretos, en la prohibición de la difusión del conocimiento; a esa que ancla a su seguidor a la época medieval, a la superstición, al oscurantismo; a esa verdad moralmente aceptada que es costumbre, o conveniente por razones de buenos resultados, enseñar en la infancia, muchas veces antes que el niño (a) aprenda la primera letra, la que luego por repetición, tradición u obligación, se apodera del “yo”, convirtiéndose en esquema cerebral, en identidad dogmática, en devoción extrema, en prejuicio, en dependencia; a esa que con relatos increíbles, obviamente no registrados por historiadores, conmueve a sus devotos; a esa cimentada en seres omnipotentes, omnisapientes, tecnológicamente indetectables, e indemostrables; a esa que ante las diversas circunstancia se convierte en comodín justificable; a esa verdad que por siglos ha atemorizado las generaciones anunciando la proximidad del fin de los tiempos (terrorismo psicológico), pero a la vez promoviéndose como única esperanza de salvación a través de un mensaje de vida eterna bajo el mando de un monarca misericordioso (enfermedad y remedio); a esa donde en siete días se creó el mundo, del polvo del suelo al hombre, y de la costilla de este la mujer. ¿Acaso al aceptar como real el concepto de verdad absoluta divina, se entra en un estado de alucinación e intransigencia? ¿Será que tenemos tendencia a estar en planos imaginarios, fascinantes para escapar de esta hermosa, triste y dura realidad? ¿Acaso al interpretar que una idea (dios) representa infinito poder (amor, sabiduría, salud, bienestar, riqueza, luz, verdad, justicia, salvación, paz, vida, tranquilidad, etc.) se le apuesta irreflexivamente todo situándola por encima de leyes físicas y de cualquier acto racional incluyendo legislación o norma de convivencia? ¿O será que simplemente se acepta porque unos locuaces influyentes lo dan como cierto y le sigue la manada? ¿O será que fascina por nutrir las fantasías de nuestra puerilidad, manteniéndonos de cierta forma en ese estado? ¿O acaso por la noción de absoluta la aceptamos sintiéndonos cómodos sin la obligación de la carga de la prueba? ¿O será entonces que el temor, la incertidumbre infundida en la misma nos bloquea otras perspectivas?

¿Qué pasa cuando uno, dos, miles, millones de personas se encuentran bajo un solo dominio mental, el de la verdad absoluta divina? sus cerebros “instruidos”, adoctrinados bajo las reglas que sustentan esa premisa los hacen tomar decisiones de cualquier tipo, incluyendo conspiraciones. Al saber que uno, dos, miles, millones de personas (tienen otras instrucciones, otra forma de entender la vida, el universo) discrepan con su doctrina, se sienten ofendidos, defienden a ultranza sus convencimientos, comienzan como “buenos seguidores fieles” a perseguir a todos aquellos que difieren con sus ideales. De esta manera, se convierten en grandes generadores de caos, de horror, al ejecutar a nombre de su dios cualquier tipo de acción justificada en su entender que les permita exterminar los infieles, los herejes, incluso en acciones en las que sus propias vidas arriesguen, todo por defender su causa; si se sacrifican y mueren por tal motivo, obtendrán lo más preciado en su fundamento “el paraíso”. Por absoluta, su verdad debe reinar sobre la tierra sin lugar a dudas, sin interrogantes. Así actúan los llamados fanáticos obsesivos, los extremistas, aquellos humanos que tienen en sus cerebros, un esquema, unas instrucciones, una secuencia lógica, “un software”, unas composiciones electroquímicas alteradas producida por el tipo información recibida. Bajo esta perspectiva llego a entender el porqué del actuar de estas personas.

Entiendo y considero como trascendental para la humanidad, lo que ocurrió en determinado periodo de la historia, cuando el homo sapiens al encontrarse en una etapa del desarrollo de su cerebro, su intelecto, su experiencia, su pensamiento, su juicio, le era imposible tener la capacidad de desarrollar metodologías para comprender las causas de los fenómenos que acaecían en su diario vivir (nacimiento, muerte, dolor, sol, oscuridad, nubes, fuego, luna, lluvia, frio, calor, etc.). Debió, ante la angustiosa e imperante necesidad de encontrar explicación, respuestas, darle un sentido MÍTICO a esa realidad: atajo mental/opción por defecto, ante la precariedad de conceptos, carencia de referencia. Herramienta que fue de gran utilidad en aquellos tiempos para enfrentar sus temores, su incertidumbre, su ignorancia, su desesperanza, su vacío existencial. Percepción que se dio en las sociedades primitivas bajo muchísimas interpretaciones y representaciones, concibiendo su cosmos y sus vidas como un hecho mágico, divino, espiritual, creyendo intercomunicarse con mundos imaginarios que le proveían del bien y del mal por medio de rituales, en los que vinculaban entre otros, deidades, lugares sagrados, cantos, danzas, fetiches, sacrificios, ofrendas, brebajes, los que al practicar causaban distensión psíquica, ayudándole a aliviar el temor ante lo desconocido, lo incomprendido, lo que contribuyó a que prosperara en aquel ambiente agreste, convirtiendo de esta forma la (su) REALIDAD en su verdad, su creencia.

De aquí debe venir el nacimiento del concepto de religión (mitificación), que es tan extenso, sugestivo, especulativo que cualquier grupo o persona puede legítimamente fundar la suya, cimentándola a su “libre albedrío”, autoproclamándose bajo el ostento y el interés propio en respetado y aforado “líder” mediador entre el feligrés y el “gran poder divino”, lo que ha sido “tremendamente aprovechado” en el trascurrir. Tal vez es posible que una persona que tenga gestado en su psiquis la existencia de entes todo poderosos sobrenaturales, que absolutamente todo lo saben y lo pueden, que lo quieren salvar o liberar, que lo están vigilando, que lo pueden castigar, logre el mejoramiento de su comportamiento; la aceptación de circunstancias difíciles; el restablecimiento del estado de salud (perturbado quizás por el acecho de demonios, fantasmas, espíritus malignos instalados en su mente por su propio credo), con la ayuda de un “guía espiritual” que le altera mediante el manejo de su creencia, su estado emocional, su conciencia. Pudiendo obtener resultados “milagroso”, efectivos, como el que produce el “coco” o “cuco” en un niño. Resultados que se obtienen bajo otra modalidad: la de direccionar el poder del pensamiento consciente, a ejercer control sobre su mente para inducirlo a la auto sanación, a la autorregulación de su comportamiento. Logro que se alcanza con la asistencia de un profesional psicoterapeuta, sin que se tenga que creer en algún ente sobrenatural (beneficio no milagroso, científico).

A través de la historia el ser humano ha querido con la religión buscar el sentido de su existencia, la solución a sus problemas, yendo modificando con el trascurrir la perspectiva de la misma por diferentes circunstancias, es así como esa primigenia y sublime idea (la que ha transcendido por los siglos de los siglos) de mitificar la realidad surgida de la ansiedad de seres cavernarios, ante la necesidad de encontrar sentido a su vida, a su cosmos, interpretada con una infinidad de deidades (politeísmo), creencias, ritos; dio al inicio de nuestra era común una notoria transformación, idealizada ahora con tendencia al concepto MONOTEISTA, EN VERDAD ABSOLUTA DIVINA (promovida, empoderada, engrandecida, extendida, impuesta hasta hacer arraigar ¡y de qué manera!, por el accionar del poderoso convertido imperio romano, la santa inquisición, las cruzadas, potentados, conquistadores, gobiernos, estados, misiones, instituciones, entre otros más a lo largo de este periodo), sustentado este en una serie de mandamientos, de preceptos, de sucesos escritos con mucha inventiva (la palabra de un dios), plenamente establecidos, institucionalizados, reglamentados, trayendo ahora a la “etérea morada de lo más alto” (olimpo, cielo, paraíso), nuevas figuras, como: profetas, mesías, ángeles, santos, vírgenes. Originándose con este nuevo concepto, diferencias significadas con las creencias ya establecidas, lo que ha dado para encarnizadas confrontaciones de odio, persecución, imposición, exterminio de tipo ideológico-religioso con resultados nefastos para la humanidad. Alcanzándose a preservar algunas creencias embrionarias de manera oral por tribus y pueblos aborígenes que, a pesar de presiones misioneras, no han permitido la contaminación de sus credos, a las que muchos tachan de religiones, falsas, paganas.

Pensar que aquello que en su tiempo fue el gran soporte para interpretar la vida, el universo; el apoyo fundamental de nuestros primeros ancestros para sobrevivir, para prosperar (hecho incuestionable), es quizás el tema más controversial y sensible que se pueda tocar en el mundo contemporáneo, dividiendo a los seres humanos en diferentes corrientes de pensamiento; aunque para ahora tengamos respuestas científicas, demostrables, aplicables, de las causas que dieron nacimiento a esa forma de pensar, lo que por sustracción de materia puede entenderse la muerte de aquellas ideas, ¡no lo ha sido así!. No obstante, ante las evidencias, muchos se resisten a vivir sin la bendición, sin la “intervención” de sus dioses, por lo que su forma de seguir interpretando la vida, los aconteceres, el cosmos, será a través de la tradición antigua: de la mitología… ¡La inventamos, la creímos y ahora tremendo lio!

Pienso que como especie, seremos más empáticos, más asociativos, menos conflictivos, menos propensos a autodestruirnos cuando al razonar abandonemos cualquier idea conexa con inframundos, comprendiendo que somos naturalmente materia (con capacidad cerebral para crear, para pensar en lo inmaterial y en la misma materia), energía, electrones, protones, átomos, material cósmico; hidrógeno, oxígeno, azufre, fosforo, nitrógeno, carbono, (elementos esenciales en nuestras vidas), biomoléculas, aminoácidos, células que se reproducen y envejecen, tejidos, órganos, seres biológicos, emocionales, razonables, sociables, mutantes, sin raza ni sexo superior, nacidos de un lentísimo proceso evolutivo tan real y demostrable como la gravedad. Que es este maravilloso planeta Tierra por su ubicación, por sus condiciones, nuestro único hogar, el que nos ha fecundado, parido y amamantado, ¡NUESTRO MAS PRECIADO RECURSO! Escenario donde se registra nuestros aciertos y errores, nuestro inicio y final de vida, donde sin especular bajo la guía del raciocinio, del conocimiento científico, se llega a entender el origen del universo, de los seres vivos, de la naturaleza humana; los acontecimientos de la vida como la consecuencia de la conjunción de factores que influyen de cierta forma el curso de nuestras vidas, no dados por la intervención de seres sobrenaturales. Donde la esperanza, el sentido de la vida, se halla construyéndola día a día, asumiendo como forma de vida funciones responsables ante la sociedad, siendo éticos, objetivos, críticos, justos, solidarios, amorosos, tolerantes; teniendo criterio racional, pluralista, sin prejuicios, entre otros. Produciendo conocimientos, normas que coadyuven al bienestar, prosperidad, felicidad, igualdad, equidad, realización; al equilibrio entre los seres vivos con quien compartimos espacio. Elaborando con creatividad sostenible los insumos que satisfacen nuestras necesidades. Donde debido al libre pensamiento nació la ciencia (lo más seguro ante la incertidumbre), la tecnología, base del desarrollo. Si profesara religión alguna, renunciaría completamente al uso de la tecnología, son incompatibles, la ciencia por esencia anula los principios de todo credo religioso, si la utilizara y me beneficiara de ella estaría actuando en incoherencia, en contradicción, haría de fariseo.

Como individuo y como sociedad actual debemos apegarnos sin temor, a la VERDAD DEMOSTRADA, de lo contrario seguirá ocurriendo lo de hace más de 2000 años, hacernos daño por las “benditas” creencias. Ahora, Independiente de nuestras realidades y alucinaciones, de nuestro software, de nuestras instrucciones, y por efecto de nuestra propia naturaleza bioquímica que nos hace sentir, dolor, tristeza placer, alegría, por esta misma condición NECESARIAMENTE moriremos, y esta, “la muerte”, la inconmutable, la inexorable, la displicente muerte, sí que es absoluta.

Joaquín De La Hoz Bolaño – jdelahozb@gmail.com

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