29 marzo, 2026

La crisis de los 40 me vino con vanidad y tozudez a bordo. Mi cuerpo viejo y cansado, adornado con un abdomen prominente que lucha sin tregua contra la resistencia de los botones de mi camisa, tiene mala memoria y me toca recordarle que 20 años atrás era una figura delgada que no se compadecía con la errónea idea de la prosperidad ligada a la gordura. Es decir, hace 20 años quería tener la barriga que ahora deseo no haber tenido nunca.

Y, en consecuencia, pierdo horas de sueño para levantarme a caminar, montar bicicleta o ir al gimnasio, y en general, a realizar cualquier actividad física que sirva de paliativo al instinto avasallador de tomar coca cola y engullir comida rápida. Compro y consumo cuanto menjurje, pastilla, infusión, té, batido y demás necedades  me recomiendan o encuentre en la red; hago dietas inverosímiles, ilógicas e inhumanas y hasta tengo el descaro de leer sobre kilocalorías, gasto calórico y cetosis.

Me sirve de consuelo saber que no soy el único con este dilema existencial. Son incontables los amigos y conocidos que andan en la búsqueda de la piedra filosofal de la delgadez. Pero no me malinterpreten: me place sobremanera ver, sobre todo después de la cuarentena, que el número de personas que luchan contra el sedentarismo y realizan alguna actividad física es creciente y contagioso.

Pero me pregunto si quienes nunca hicimos alguna actividad física en la vida, quienes no forjamos una memoria corporal que avale los esfuerzos postreros, quienes no nos asesoramos a la hora de hacer determinado deporte con determinada intensidad hemos vislumbrado el tremendo peligro de lesiones que se cierne en nuestras articulaciones.

Me pregunto si el afán de llevar en pocos meses a nuestro cuerpo al peso que duramos lustros construyendo a fuerza de cerveza y gaseosa, de comida excesiva y a deshora, me pregunto una y mil veces si ese afán nos permite entender que un perro caliente es más barato que una porción de salmón y que un mililitro de coca cola es más barato que un mililitro de agua embotellada. Este afán desmedido nos impulsa a llevar al cuerpo a esfuerzos insoportables olvidando de plano el paso de los años y las necesidades de nuestros músculos y huesos por el transcurso implacable del tiempo.

Esta creciente necesidad de vernos bien por fuera nos hace olvidarnos de la verdadera necesidad de estar bien por dentro.

¿Hemos leído un buen libro en los últimos años? ¿hemos participado en alguna obra de caridad o beneficencia pública? ¿hemos aprendido un nuevo oficio, arte o saber, o lo hemos compartido con alguien que lo requiera? ¿hemos participado en la feria del libro o en la semana del teatro? ¿hemos realizado algún esfuerzo sostenible por mejorar nuestro ambiente? ¿hemos apoyado alguna causa de nuestros sectores o comunidades, en pro del mejoramiento de nuestra convivencia en sociedad?

Mientras busco con lupa la respuesta a esas preguntas, no dejo de acordarme de aquel cuento clásico llamado “EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR” en el cual se narra la historia de un soberano muy vanidoso que cae, por soberbia e ignorancia, en las garras de unos timadores que le venden un supuesto hilo invisible que solo la gente inteligente y bella puede admirar y, después de cobrar todo el oro del imperio, hacen desfilar a nuestro desgraciado emperador totalmente desnudo por las calles de su lar, con pasos ufanos y temerarios, hasta que sus súbditos se rindieron a la evidencia y se dieron cuenta que su gobernante creía, ciego de la vanidad, que lucía un traje nuevo que solo él podía apreciar pues era bello e inteligente.

Salta la vista que lo dicho en estas líneas es un esfuerzo reflexivo, personal e íntimo que no pretende acusar o señalar a alguien. Es la forma de poner sobre el tapete la necesidad de entender que somos una perfecta mezcla entre nuestra forma y nuestro fondo, y que debemos concentrar nuestros esfuerzos en el crecimiento y sostenimiento de ambos al unísono.

La barriga insiste en acompañarme por unos años más y no tengo claro cuando seré más fuerte que el tejido adiposo de mi abdomen y abandone la coca cola, las comidas rápidas y en general los malos hábitos de los cuales me vanaglorio; seré, a todas luces, un viejo gordo, sancochado a fuego lento por el calentamiento global y sin plata porque difícilmente accederé a una pensión digna, pero espero tener en ese momento tan aciago mi mente entretenida en buena lectura, en alguna labor social, en el cuidado de mi jardín, en la construcción de una mejor sociedad. Seguiré madrugando a luchar contra la gordura, paseando mi barriga y gastando en elíxires mágicos contra la obesidad, pero no podré soslayar el alimento de mi mente con el gozo del arte y la cultura que tanto me satisfacen.

1 thought on “DE FORMAS Y FONDO

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