In memoriam. Pedro Ramayá, leyenda de la cumbia cañamillera

Por Alberto Redondo Salas
La muerte del maestro Pedro “Ramayá” Beltrán obliga a decir su nombre con justicia. Su partida deja un vacío profundo en la memoria musical del Caribe colombiano y en una tradición que encontró en él a uno de sus más altos custodios. Esta crónica quiere rendir homenaje a su legado con la emoción de la despedida, pero también con el rigor que exige su dimensión histórica.
Tal vez, en mi lectura personal de la historia de la cumbia callamillera, y en consonancia con lo reseñado por el desaparecido investigador Jairo Soto Hernández, el acontecimiento que la llevó al pedestal más alto de la música internacional ocurrió el 14 de julio de 1977, cuando “La Cumbia Soledeña” se presentó en el Madison Square Garden de Nueva York. Lo verificable permite afirmar que aquella noche la agrupación dirigida por Efraín Mejía Donado alternó con la Fania, la Sonora Matancera y Alejo Durán. Por eso, más allá de mi apreciación personal, ese concierto puede reconocerse como uno de los grandes hitos de proyección internacional de la cumbia de millo y del folclor del Caribe colombiano.
No era un hecho menor. No se trataba simplemente de ocupar una tarima célebre en Nueva York. Lo que llegó a ese escenario fue una expresión musical nacida en el Caribe, sostenida por la caña de millo o pito atravesao, las maracas, el llamador y la tambora, y cargada de una memoria mestiza en la que confluyen raíces indígenas, africanas y europeas. En aquella presencia también iba una manera de entender la fiesta, el territorio y la historia popular de Colombia.
En el centro de esa historia está Ramayá, fallecido el 11 de abril de 2026 en Barranquilla, a los 96 años. Su partida fue asumida como una pérdida mayor para el folclor del Caribe. No ha muerto solamente un músico notable. Ha partido uno de los grandes custodios de la sonoridad cañamillera.
Ramayá había nacido en Patico, corregimiento de Talaigua Nuevo, en Bolívar, y con el tiempo llegó a ser reconocido como uno de los máximos exponentes de la flauta de millo en Colombia. En 2023 recibió el Premio Nacional Vida y Obra, una distinción que confirmó la dimensión de su trayectoria y la importancia de su legado dentro de la cultura musical del país.
Su apodo nació del éxito que tuvo en el Caribe colombiano la versión en cumbia del tema “Ramaya”, popularizado originalmente por el músico mozambiqueño “Afric Simone” e interpretado en 1975 por “La Cumbia Moderna de Soledad”, bajo la dirección del maestro. La fuerza de aquella grabación fue tal que el público empezó a llamarlo así, hasta fijar para siempre ese nombre en su vida artística.
Su vínculo con “La Cumbia Soledeña” comenzó en 1961, cuando se integró a la agrupación bajo la dirección de Efraín Mejía Donado. Desde entonces, su presencia quedó asociada a una de las líneas más representativas de la cumbia de millo. En ese proceso ocupa un lugar importante el disco “Pa’ goza el carnaval”. Conviene, sin embargo, formular ese punto con rigor. Más que afirmar de manera tajante que se trató de la primera grabación de un conjunto de flauta de millo, resulta más prudente sostener que fue una de las primeras producciones fonográficas más influyentes de un conjunto de flauta de millo, o que ha sido considerada por varias voces como la primera.
La dimensión artística de Ramayá fue mucho más amplia que su sola condición de intérprete. Su nombre quedó ligado a un repertorio entrañable para el Caribe y a una manera de tocar que terminó convirtiéndose en una firma sonora. En él, la flauta de millo no era apenas un instrumento. Era una voz capaz de convocar la rueda, abrir espacio para el baile y darle a la fiesta una respiración antigua.
Por eso su figura desbordó los márgenes de la escena musical para instalarse también en el corazón simbólico del Carnaval de Barranquilla. Que haya sido Rey Momo en 2002 no fue una anécdota, sino una consecuencia natural de esa pertenencia. Su trayectoria terminó siendo inseparable de una celebración en la que música, memoria y pueblo siguen encontrando una de sus expresiones más poderosas.
Para quienes hemos vivido la cumbia desde adentro, esta despedida tiene un peso especial. En mi caso, después de muchos años como bailador en la cumbiamba “El Gran Carajo”, una expresión de enorme tradición en el Carnaval de Barranquilla y reconocida a lo largo de su historia con varios Congos de Oro, tuve además la posibilidad de coincidir con Ramayá en distintos escenarios, de verlo irradiar su música frente al público y de sostener conversaciones que hoy guardo como parte de un patrimonio íntimo y cultural.
Hay músicos que no solo interpretan una tradición, sino que la encarnan. Ramayá era uno de ellos. Bastaba oír el filo de su millo, verlo entrar en diálogo con el tambor y sentir cómo una rueda entera respondía a ese llamado antiguo que en su talento seguía sonando vivo.
También por eso sus conversaciones dejan huella. Quienes tuvimos la posibilidad de compartir con él recordamos no solo al músico inmenso, sino al hombre que hablaba desde la experiencia, el oficio y una relación profunda con la cultura popular. Su arte no provenía de la pose ni del folclor inmovilizado para la vitrina. Provenía de una vida entera entregada a la música, a la fiesta y a la transmisión de una tradición que nunca dejó de moverse.
Citar hoy aquella noche en el Madison Square Garden tiene, por eso, un sentido más hondo. Si en mi visión personal ese fue uno de los momentos en que la cumbia callamillera alcanzó su mayor altura internacional, la historia verificable permite reconocerlo como uno de los episodios de más alta visibilidad mundial para la cumbia de millo.
La muerte del maestro exige nombrarlo con la dignidad que merece. Pedro “Ramayá” Beltrán no fue una figura pintoresca del pasado ni una estampa de ocasión para tiempos de carnaval. Fue un artista fundamental en la preservación, proyección y dignificación de la música tradicional del Caribe colombiano. Su obra pertenece a la memoria viva de esta región, y su ausencia deja un vacío artístico, afectivo y cultural.
Pero su nombre no queda en silencio. Seguirá sonando en la flauta de millo, en la rueda de cumbia, en la memoria del Carnaval y en la emoción de quienes reconocen en su música una parte esencial del alma del Caribe.
