2 febrero, 2026

LA MONARQUÍA DEL RUIDO

por Giancarlo Silva Gómez

El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos

El tema del ruido se ha vuelto verdaderamente recurrente. En El Espectador del domingo pasado, Héctor Abad
Faciolince pone el tema en la conversación nacional, y mi amigo Pedro Conrado hace lo propio en el plano local. Ni
más faltaba que tuviera la osadía de abordar el tema de la forma magistral en que ellos lo hicieron, pero permítanme
el arrojo de añadir algo a lo dicho por estos escritores: El vecino ruidoso es una egoísta por excelencia.
Y por vecino no me refiero solamente al conciudadano común, sino que también me refiero al comerciante que
asocia mejores ventas con mayor volumen.
Es egoísta porque me obliga a abandonar el silencio de una jornada de descanso dominical; porque no me permite
leer un buen libro y disfrutar de una buena columna de opinión; porque me impide ver una buena película; porque no
me deja conversar en familia o atender una visita; porque no respeta mi enfermedad o mi duelo; porque no me
permite tomar una siesta reparadora; porque me impone su gusto musical y por supuesto me impide escuchar
música.
Y digo esto último porque me encanta la música. No concibo andar por la vida sin escuchar mis canciones favoritas y
casi todas mis actividades cotidianas (trabajar, conducir, retozar, etc.) tienen su propia banda sonora. Procuro en casa
y en el carro tener algún equipo que me permita acceder a mi música y, en honor a la modernidad, tengo aplicaciones
que me permiten tenerla en todo momento. Pero no tengo cómo provocar ruido que altere la tranquilidad de mis
vecinos.
Quizás sea por mi formación jurídica que entiendo que mi derecho a escuchar música llega hasta donde empieza el
del vecino de ver sus novelas, de revisar redes sociales en su teléfono, de conversar sobre lo baladí, de estar en
silencio si así lo quiere. Por eso no entiendo al vecino ruidoso. No lo entiendo porque su proceder va en contra de los
derechos de quienes le rodeamos.
La conversación está en el ambiente y no se reserva para eruditos y pensadores; en las esquinas se comenta y se
discute; unos pocos defienden los picós y otros muchos los critican. Es una discusión bizantina entre quienes
sostienen que la proliferación de estos aparatos en residencias y locales comerciales obedece a razones culturales, y
quienes sostenemos que es una coyuntura postpandémica más cercana al consumismo irracional y la moda.
La solución es compleja y esquiva. No pasa simplemente por las medidas represivas o por normas coercitivas que
garanticen los derechos a la tranquilidad y la privacidad, que, en conexión con la salud, son protegidos por el
ordenamiento jurídico. Pasa por un pacto o acuerdo ciudadano de respeto y tolerancia. Pasa por entender que el
derecho al trabajo no puede servir de escudo para alterar derechos colectivos, pues en nuestro estado social de
derecho prima el interés general sobre el particular.
Quienes denunciamos somos sapos y enemigos; quienes callan son cómplices; quienes vociferan son contraventores
y sociópatas. No hay razón para temer a esta discusión. Me recuerda este punto la frase de Martha Nussbaum: “ Si no
somos capaces de analizar nuestra realidad desde un punto de vista crítico pueden pasar cosas muy, muy malas”
Y por ello, recordando esta connotada filósofa norteamericana, acordemos que no podemos vivir en la monarquía del
miedo.

1 thought on “LA MONARQUÍA DEL RUIDO

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