La política en Aristóteles, una defensa de la comunidad orientada al bien común

Por Deivis Márquez Pérez
En un contexto contemporáneo marcado por la desconfianza hacia la política, la polarización y la instrumentalización del poder, resulta pertinente volver a las raíces filosóficas que dieron forma a la reflexión sobre la vida pública. Entre ellas, la obra de Aristóteles ocupa un lugar central.
Mi tesis sostiene que la concepción aristotélica de la política continúa siendo fundamental porque concibe la vida pública como un proyecto ético de realización humana y no como un campo de intereses particulares. Lejos de reducir la política a una técnica de gobierno, Aristóteles la entiende como la ciencia que orienta la comunidad hacia la vida buena y la virtud, una perspectiva que contrasta con la fragmentación política actual y ofrece claves para repensar la ciudadanía y el bien común.
Aristóteles parte de la convicción de que el ser humano es por naturaleza un zoon politikón, un animal político. En sus palabras: “El hombre es por naturaleza un animal político”. Esta afirmación es más que una descripción sociológica: implica que la vida en comunidad es condición indispensable para el desarrollo pleno de la racionalidad y de la moralidad. El filósofo añade que “la polis existe por naturaleza”. En este sentido, la política no surge como un acuerdo artificial para evitar el caos, como plantearán teorías modernas del contrato social, sino como la culminación natural de las tendencias humanas hacia la convivencia y la cooperación. Esta base antropológica fortalece su teoría, porque sitúa la política como una necesidad ligada a la identidad humana, no como una imposición externa.
A partir de esta naturaleza social, Aristóteles construye una teoría gradual del surgimiento de la pólis: la familia, la aldea y la ciudad-estado conforman etapas en el desarrollo de una comunidad que busca la autosuficiencia y la plenitud. “La ciudad es una comunidad perfecta, que alcanza la completa autosuficiencia”. La pólis es, por tanto, la comunidad perfecta no por su perfección moral, sino porque permite el florecimiento humano. Frente a las visiones individualistas que predominan hoy, Aristóteles recuerda que la vida buena no se alcanza en aislamiento, sino a través de instituciones que ordenan, regulan y garantizan condiciones de justicia y convivencia. La política es el espacio donde la realización personal y el compromiso colectivo se encuentran.
Uno de los elementos más originales y vigentes del pensamiento aristotélico es la unión entre ética y política. Para él, gobernar no consiste únicamente en administrar recursos o mantener el orden, sino en procurar el bien común mediante la promoción de la virtud. Él mismo declara: “El fin de la ciudad es vivir bien”. La figura del gobernante como educador moral puede parecer anacrónica; sin embargo, su planteamiento adquiere relevancia frente a prácticas políticas marcadas por la corrupción, el clientelismo o la indiferencia ante el bienestar colectivo. Aristóteles insiste en que “la virtud del ciudadano debe adaptarse a la constitución”, y nos obliga a preguntarnos si es posible una política estable y justa sin ciudadanos virtuosos capaces de deliberar racionalmente. La respuesta, para él y para nosotros, es negativa.
Aristóteles clasifica las formas de gobierno según el número de gobernantes y el interés que las guía. “Las formas rectas son aquellas que miran por el interés común; las desviadas, las que miran por el interés de los gobernantes”. Este criterio le permite distinguir entre regímenes orientados al bien común (monarquía, aristocracia y politeia) y sus degeneraciones (tiranía, oligarquía y democracia en su forma corrupta). Más allá de la terminología, lo esencial es la afirmación de que todo sistema político es legítimo solo en la medida en que sirve al bien común. Aquí reside un argumento crucial: para Aristóteles, la política pierde su fundamento cuando se subordina a intereses privados. Esta advertencia conserva plena actualidad en sociedades que enfrentan desigualdad, concentración de poder y crisis de representación.
Otro aspecto argumental indispensable es la noción aristotélica de ciudadanía. Ser ciudadano no es únicamente tener derechos, sino participar activamente en la deliberación y en el ejercicio del poder. Aristóteles señala: “Llamamos ciudadano, en sentido estricto, a quien participa en las funciones deliberativas y judiciales”. Esta postura subraya la responsabilidad individual en la construcción del orden político. Además, Aristóteles sostiene que la estabilidad de la pólis depende de la formación moral e intelectual de sus habitantes. En un tiempo donde la educación cívica suele considerarse secundaria, su insistencia permite argumentar que sin ciudadanos formados no hay democracia sólida ni comunidad sostenible.
Aristóteles ofrece una concepción de la política que desafía las prácticas contemporáneas centradas en la competencia, la manipulación y la búsqueda del poder por el poder. Su propuesta, basada en la naturaleza social del ser humano, la centralidad del bien común y la importancia de la virtud, sostiene una tesis que sigue siendo convincente: la política solo cumple su verdadera función cuando posibilita el desarrollo integral de los ciudadanos y promueve una vida orientada a la justicia y la excelencia moral. Recuperar esta visión no implica idealizar el pasado, sino asumir la política como un proyecto ético que requiere participación, formación y compromiso. En este sentido, la reflexión aristotélica permanece como una invitación a reconstruir la vida pública desde la responsabilidad y la búsqueda de la vida buena compartida.
Deivis Márquez Pérez
Investigador cultural y artístico de la Fundación Cultural Los Pies con Alas;
Director, actor y dramaturgo del Grupo de Teatro y Títeres Los Pies con Alas;
Candidato a Magíster en Educación con Énfasis en Cognición, Universidad del Norte;
Especialista en Gestión Cultural con Énfasis en Planeación y Políticas Culturales, Universidad Nacional de Colombia;
Maestro en Arte Dramático, Facultad de Bellas Artes, Universidad del Atlántico;
Psicólogo, UNAD; Estudios en Filosofía, Universidad del Atlántico;
Premio Beca de Creación Teatral Grupos de Larga Trayectoria del Portafolio de Estímulos para las Artes y la Cultura en el Distrito de Barranquilla;
Fundador y director del Encuentro Internacional de Títeres Los Muñecos de Luna.
