31 mayo, 2026

De La Narrativa De Campaña A La Constituyente

Por Giancarlo Silva Gómez

A menos de 2 meses de la primera vuelta presidencial, las figuras oraculares de los asesores de las campañas insisten en trasladar la democracia de su escenario natural en las calles, las universidades, los debates radiales o televisivos y los mentideros, al plano de las tendencias y la viralidad; nos quieren zampar a empellones en una ciber democracia.

En este afán de volver omnipresentes a los candidatos, los avocan a retos absurdos en tik tok que rayan en lo absurdo y lo grotesco, solo por seguir en la retina del electorado. Las campañas terminan siendo dominadas por las estrategias puras y duras del marketing, en una mezcla rara entre la ciencia política y la publicidad, para vender futuros gobernantes como si de un jabón o de una gaseosa se trataran, sin saber que terminan vendiendo un supositorio.

Pero deshojando la margarita, muy por debajo del barro y el estiércol de las redes, se nota también que estos asesores y consultores de campaña manejan dos narrativas para cada candidato: la narrativa propia de su campaña y la narrativa sobre sus rivales.

La narrativa de campaña no es otra cosa que darle sentido y conexión emocional al candidato a través de un relato estratégico en donde hay un héroe, un villano y un plan (solución) para rescatar a la princesa en apuros. La narrativa del rival busca descalificarlo o eliminarlo (ignorarlo) para no tener que confrontarlo.

Cepeda basa su campaña en la superioridad moral de las víctimas y de la izquierda como vertiente política. En sus declaraciones Abelardo y Paloma son los de Uribe.

Abelardo quiere liderar “la campaña de los nunca” y se refiere a Cepeda como heredero de las farc y a Paloma como adalid de los de siempre.

Paloma, por su parte, habla de una campaña en las que caben todos, y dice hasta la saciedad que Cepeda es “cómplice de asesinos” y Abelardo, simplemente, no existe.

Todos se equivocan.

Cepeda solo habla de las víctimas de los crímenes de estado y los derivados del paramilitarismo, dejando espacio a los señalamientos por su cercanía a sectores más radicales de la izquierda; Abelardo suplicó por el aval del centro democrático hace unos meses y ahora es apoyado por un nieto de Laureano Gómez y un prohijado de César Gaviria; y Paloma, consecuente con su abolengo (digna nieta del caza patos), no deja claro si ese “todos” incluye a quienes no hacen parte del establecimiento.

Por eso es fácil entender que Cepeda lidere las encuestas: tiene una línea partidista y de continuidad de un proyecto político.

Por eso es fácil entender que Abelardo es el nuevo Rodolfo Hernández: un fenómeno informe e incoherente que de llegar a segunda vuelta, como es el plan de Petro, será expuesto como un espécimen raro de la fauna política.

Por eso es fácil entender que el riesgo de la segunda vuelta es Paloma: es mujer (lo cual es meritorio de por sí) y tiene estructura de partido y posiciones, aunque dogmáticas y anacrónicas, que definen su forma de pensar.

Aunque mi sesgo, conocido de marras y evidente en estas líneas, me motive a pensar con el deseo, me permito una licencia en mi tozudez para decir que si gana cepeda (ora en primera vuelta, ora en segunda vuelta) se demuestra que el proyecto progresista tiene cabida en una sociedad que no olvida ningún gobierno pasado; pero si gana Paloma veo acrecentarse la polarización y la llegada inevitable de una democracia pendular entre la izquierda y la derecha, alternándose con oposiciones férreas en una especie de segundo frente nacional.

Y si eso pasa, si la izquierda y la derecha se aferran a la oposición de posturas para terminar en una democracia en la cual el poder se mueve de forma alternante de progresismo a establecimiento, y viceversa, vamos a necesitar otra Constitución, que como sucedió en 1991, borre con un nuevo bloque de derechos y figuras, el efluvio sempiterno del Uribismo contra (ahora) el Petrismo.

Post scriptum: si gana Abelardo….  

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