28 abril, 2026

El espejismo económico: cuando el bolsillo silencia el escándalo

Por Jaime Charris Salas

¿Por qué, en medio de cuestionamientos y controversias políticas, una parte importante del país mantiene niveles de respaldo al gobierno? La respuesta, aunque incómoda, puede estar menos en la política y más en el bolsillo.

En ciencia política esta relación no es nueva. Desde la campaña de Bill Clinton se consolidó una idea que sigue vigente: los ciudadanos tienden a evaluar a sus gobiernos desde su experiencia económica cotidiana más que desde debates abstractos. No es una postura ideológica; es una reacción práctica.

Esa lógica también se observa hoy en Colombia bajo el gobierno del presidente Gustavo Petro. Más allá del ruido político, hay una realidad menos visible pero determinante: la percepción económica de los ciudadanos.

En el Atlántico, algunos indicadores ayudan a entender el fenómeno. De acuerdo con el DANE, la pobreza multidimensional en el departamento ha mostrado una reducción reciente, reflejando mejoras en variables como acceso a servicios, educación y condiciones de vida. A esto se suma un comportamiento de la inflación en Barranquilla que, en ciertos periodos, ha estado por debajo del promedio nacional, aliviando parcialmente la presión sobre el costo de vida.

No se trata de transformaciones estructurales profundas, pero sí de señales que inciden en la vida diaria de las personas.

Porque, al final, la evaluación ciudadana no se construye en los grandes indicadores macroeconómicos, sino en preguntas mucho más simples: ¿alcanza el dinero?, ¿hay algún alivio?, ¿se siente cierta estabilidad?

En ese terreno, medidas como transferencias monetarias, subsidios y ajustes salariales tienen un efecto directo. No necesariamente resuelven los problemas de fondo, pero sí generan una percepción concreta de apoyo, especialmente en sectores vulnerables.

Ahí radica el punto central: la economía percibida pesa tanto —o más— que la economía técnica.

Un subsidio recibido o un ingreso que mejora puede tener más impacto en la opinión de un ciudadano que un escándalo político distante. No porque este último sea irrelevante, sino porque la urgencia cotidiana suele imponerse.

Esto no implica desconocer los desafíos estructurales que enfrenta el país: informalidad laboral, sostenibilidad fiscal y desigualdad siguen siendo tareas pendientes. Pero sí obliga a entender cómo se forma la opinión pública en la práctica.

En regiones como el Caribe, donde buena parte de la economía se mueve entre la formalidad y el rebusque, cualquier mejora en el ingreso o reducción en el gasto tiene un efecto inmediato en la percepción.

Por eso, la discusión de fondo no es si el bolsillo debe importar. Eso es inevitable. La verdadera pregunta es si las mejoras que hoy se perciben son sostenibles en el tiempo o si responden a alivios de corto plazo.

La diferencia es clave.

Porque los gobiernos no solo se sostienen por sus discursos ni se debilitan únicamente por sus escándalos. Se sostienen, sobre todo, en la experiencia diaria de los ciudadanos.

Y mientras el bolsillo siga siendo la principal vara de medición, cualquier análisis que ignore esa realidad estará dejando por fuera una parte esencial de la explicación.

Jaime Charris Salas Consultor en implementación estratégica y sistemas de gestión

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