El último jaque: ¿Por qué la presidencia de Colombia no la ganará el mejor candidato, sino el mejor estratega?

Por: Jaime Charris Salas
Consultor en Implementación Estratégica
En el ajedrez político, como en la alta gerencia, hay momentos donde la teoría y las ideologías tienen que bajarse de la mesa para dar paso a la fría realidad de los números. Con una diferencia alrededor de los 700,000 votos tras la primera vuelta, la carrera presidencial entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda ha entrado en esa zona crítica. En un país con un censo electoral de millones de personas, este margen es un empate técnico virtual. Significa una sola cosa: ninguno tiene el poder asegurado y las estructuras del pasado ya no bastan.
Hace quinientos años, Nicolás Maquiavelo explicó en El Príncipe que el éxito de un líder no radica en su pureza moral, sino en su capacidad para entender la naturaleza humana y adaptarse a las circunstancias cambiantes. Hoy, en pleno siglo XXI, el desenlace de esta segunda vuelta no dependerá de quién tenga las propuestas más aplaudidas, sino de quién ejecute con mayor frialdad tres movimientos estratégicos definitivos.
1. La disciplina del enfoque: La regla del 80/20
En la implementación estratégica existe un principio vital: el 20% de las acciones genera el 80% de los resultados. Con una distancia tan corta, perder el tiempo intentando convencer a los votantes radicales del bando contrario es un error fatal.
Ganará quien aplique una rigurosa “pereza estratégica” (enfocarse estrictamente en el 20% de las acciones y regiones que garantizan el 80% de los votos), dejando de lado los debates abstractos en redes sociales para concentrar cada peso y cada hora de campaña en los municipios y nichos de votantes indecisos que realmente mueven la aguja. El triunfo será de quien entienda que, en esta etapa, estar ocupado no es lo mismo que ser efectivo.
2. Alianzas por conveniencia, no por matrimonio
Maquiavelo era implacable al advertir que los lazos basados en el afecto o la simpatía se rompen ante la primera crisis, mientras que los lazos basados en el interés mutuo son los únicos estables. Esos 700,000 votos de diferencia obligan a ambos candidatos a buscar a los sectores que quedaron eliminados en la primera ronda.
Aquí no ganará el más “auténtico” o el más testarudo, sino el que demuestre una personalidad adaptable. El candidato que logre sentarse a negociar con pragmatismo, ofreciendo acuerdos concretos y cuotas donde a los otros sectores les convenga unirse, se quedará con las llaves de la Casa de Nariño. La rigidez ideológica en este punto es el camino más rápido hacia la derrota.
3. El control de la “Fortuna” y la apariencia
En un escenario tan sumamente ajustado, el azar —lo que el filósofo florentino llamaba la Fortuna— juega un rol estelar. Un escándalo de última hora, un video filtrado o un golpe de opinión inesperado pueden evaporar 700,000 votos en un fin de semana.
La victoria pertenecerá a la campaña que haya construido los mejores diques de contención. Mientras Cepeda suele apoyarse en la movilización emocional de sus bases, De la Espriella juega con una estética de autoridad imperturbable y sofisticada, diseñada para proyectar control absoluto. Ganará quien mantenga la cabeza más fría ante la presión, recordando que los hombres juzgan más por lo que ven sus ojos que por lo que dicta su entendimiento.
El veredicto de las urnas
La moneda está en el aire y el margen de error es cero. Cuando la distancia es tan estrecha, la presidencia de Colombia no se definirá por discursos elocuentes ni por promesas de un futuro ideal. El próximo presidente será aquel que entienda que la política real es un tablero de ajedrez hostil y que actúe en consecuencia. No ganará el que tenga más razones para ganar; ganará el que demuestre la astucia de un zorro y la firmeza de un león para ejecutar la estrategia perfecta en el momento exacto.
