18 febrero, 2026

“Santoto”: el reemplazo silencioso de Santo Tomás

Por Alberto Redondo Salas

En el comportamiento social de las comunidades, los nombres no solo identifican lugares; también condensan sentidos, emociones y memorias compartidas. Por ello, no resulta casual que, con el paso del tiempo, la Batalla de Flores y el Reinado Intermunicipal hayan ido ocupando, en el imaginario colectivo, el lugar que antes correspondía de manera directa al nombre del municipio de Santo Tomás. Este desplazamiento ha llegado al punto de que, en el lenguaje cotidiano, “Santoto” se use cada vez más para nombrar el evento y, por extensión, al propio territorio. No se trata de un simple giro coloquial ni de una exageración carnavalesca, sino de un fenómeno social más profundo.

Los grandes eventos festivos funcionan como focos de atención colectiva. Reúnen multitudes, activan emociones intensas y producen relatos que se repiten año tras año. Desde el comportamiento social, aquello que concentra mayor estimulación, recordación y conversación tiende a convertirse en el principal referente mental de un lugar. Así, para muchas personas, Santo Tomás deja de ser, ante todo, un municipio con historia y vida cotidiana, para convertirse en “el lugar donde ocurre la Batalla de Flores”.

Este desplazamiento responde también a una dinámica de simplificación social. Las personas suelen reducir realidades complejas a imágenes fácilmente reconocibles. En ese proceso, la fiesta —colorida, sonora y masiva— resulta más fácil de evocar que los rasgos menos visibles del municipio: sus dinámicas comunitarias, sus procesos culturales y literarios, o su memoria histórica. El resultado es que el evento termina absorbiendo simbólicamente al territorio.

A ello se suma el peso de la exposición mediática. Los medios de comunicación y las redes sociales refuerzan constantemente la asociación entre el municipio y la celebración, nombrando el evento como si fuera el rasgo definitorio del lugar. Con el tiempo, esta repetición moldea hábitos de lenguaje y percepción: se habla de la fiesta como si hablara por el municipio entero. Lo llamativo es que esta sustitución no se impone, sino que se acepta de manera natural, incluso con orgullo, porque la fiesta otorga visibilidad y reconocimiento.

Existe además una lógica de beneficio social. La Batalla de Flores y el Reinado Intermunicipal generan turismo, comercio y proyección regional. En consecuencia, muchos actores locales refuerzan esa identidad festiva, priorizando el nombre y la narrativa del evento por encima del nombre del municipio. El comportamiento colectivo responde a incentivos claros: se nombra aquello que genera valor, atención y sentido de pertenencia.

A este proceso se suma un factor decisivo: la vinculación progresiva de estos eventos con el Carnaval de Barranquilla, el principal referente simbólico y cultural del Caribe colombiano. Desde el comportamiento social, la capital del departamento actúa como un centro irradiador de sentido; aquello que se valida, se celebra y se nombra desde Barranquilla adquiere legitimidad regional. Al integrarse al circuito carnestoléndico, el Reinado Intermunicipal y la Batalla de Flores de Santo Tomás dejan de percibirse como expresiones locales y pasan a asumirse como extensiones del gran relato del carnaval barranquillero.

Este reconocimiento externo fortalece el fenómeno de sustitución simbólica. Para el público de la capital y para quienes observan desde otros territorios, Santo Tomás comienza a existir principalmente en función de su papel dentro del Carnaval de Barranquilla. El municipio se convierte en escenario o referencia secundaria de una narrativa mayor, y su nombre se diluye frente al peso cultural del evento. El comportamiento social opera aquí por asociación: si el carnaval remite a Barranquilla y el evento hace parte del carnaval, el territorio termina siendo recordado más por la fiesta que por sí mismo.

En este punto emerge una tensión que vale la pena subrayar. La identidad que se construye alrededor de la fiesta es intensa, emocional y episódica; la del municipio, en cambio, es profunda, cotidiana y acumulativa. Cuando la primera gana centralidad sobre la segunda, Santo Tomás no desaparece, pero sí corre el riesgo de ser leído casi exclusivamente a través del lente del carnaval, como si su existencia simbólica se concentrara en un día de celebración y no en la complejidad de su vida social permanente.

El desafío, entonces, no consiste en restar valor al Reinado Intermunicipal ni a la Batalla de Flores, ni mucho menos en romper su vínculo con el Carnaval de Barranquilla, sino en encontrar un equilibrio más consciente: integrar la fiesta sin permitir que sustituya al territorio; celebrar sin borrar el nombre; proyectar sin diluir la identidad. Que “Santoto” siga siendo una expresión de orgullo cultural y no el reemplazo silencioso de Santo Tomás. Porque nombrar es reconocer, y reconocer al municipio más allá del carnaval es también una forma de cuidar su historia, su tejido social y su futuro.

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