2 diciembre, 2022

EL OCASO DE UN VIUDO

Por. Ramón Molinares Sarmiento

Conocí a Estela cuando ya se notaba un tanto cansada de los cuartos de hoteles para un rato. Supongo que a ellos había llegado primero por curiosidad, en algún momento por amor, y después, cuando ya vio rotas muchas de sus ilusiones, en compañía de cualquiera que  la ayudara a sobrellevar las calamidades del desempleo.

La primera vez que intenté llevarla por los lados de la carretera que va al mar, por donde, saliendo de la ciudad, se encuentran uno tras otro moteles para encuentros ocasionales, la muchacha no lo consintió. Temblaba y, de pronto, las manos se le pusieron frías y gelatinosas. Poco antes de este repentino malestar me había dado dos o tres besos  en una sala del cine; comentó con alegría algunas escenas de la película  y comió con apetito en el restaurante de Carlos.

Cuando salimos de allí —ella muy contenta y agradecida— y se dio cuenta de que yo no la conducía a su casa sino por la carretera que va al mar, pareció trastornársele el corazón. Decepcionada, me suplicó que regresáramos. La súplica me pareció tan débil… tan afligida… que yo, al no encontrar resistencia que vencer para dar pábulo a mi vanidad y mi machismo, acabé por desconcertarme. Comprendí que aquella carretera no le traía gratos recuerdos a Estela, que sabía de memoria todas sus curvas y que podía presentir desde cualquier recodo esos olores depravados de los lechos para encuentros fugaces con el mismo pavor con que los animales ventean a lo lejos el olor a sangre podrida de los mataderos. La sensación, tantas veces experimentada, de que la llevaban  otra vez para disfrutarla a cambio de una cena, un cine, una noche de baile o algunos pesos, la hizo sentirse humillada y ultrajada.

Tanto más cuanto que, como en mi caso, creía haber calculado bien, resignándose a un modesto empleado de banco, viudo y con hijos, que tenía casi tres veces su edad y que suponía sin las pretensiones de los que la habían paseado en automóviles de lujo en los días en que se sentía la más hermosa y no había conocido aún las consecuencias terribles de esos descuidos en el  clímax de la copulación que, después, al deshacerlos, causan estragos  en el semblante de las muchachas.

–“Todos son lo mismo, todos quieren un beso y a la cama”- me dijo casi con lágrimas cuando detuve mi auto de segunda frente a la puerta de su casa.

Era cierto, yo creo que todos los que besaron la calurosa boca  de Estela debieron sentir la urgencia de extender a todo el cuerpo el placer experimentado en los labios.

La noche en que disfruté de sus favores por primera vez, supe que había encontrado a alguien que me haría perder la cabeza.

Estela era de cuerpo escuálido y senos escasos. Desnuda, tendida sobre la cama, parecía un paisaje desolado, sin flores ni frutos redondos en los que detener la mirada, pero del que brotaban de forma inesperada  humedales que delataban la intensidad del placer que le producían las caricias. Se  le iluminaban los ojos y se le encendía la piel cuando mis labios, después de relamer las zonas desérticas de su larga y delgada figura, topaban con  oasis en cuyas aguas saciaba mi desesperante sed de viudo viejo. En aquellos oasis me demoraba, deseoso de alargar en ellos los últimos años de solaz que me quedaban, pero también empujado por la desesperación y la angustia que nos producen en el otoño de la vida esos crepúsculos de la tarde que enfrían las arenas del desierto del mismo modo que nos hielan el corazón. En el ocaso, como esos árboles que les dan a las hojas que caen colores más intensos, los hombres acudimos a los restos de savia, de fuerza viril que nos queda,  como para matizar la grisácea caída en la vejez.

A veces pienso que la proximidad de mi jubilación, esa manera de decirle a uno que ya no sirve para nada, los atrevidos vestidos de Estela, su excesiva discreción al hablarme en público y el cuchicheo de las secretarias cuando la veían entrar al banco, me hacían sentir más viejo de lo que en realidad estaba. La Estela que se me daba con fervor en la intimidad se mostraba distante en presencia de los directivos del banco, de los cajeros  y  contabilistas que la miraban con tanta candidez que era casi imposible que pudieran calcular el tamaño de la   pasión que despertaba en mí.

Sin embargo, no todos resultaron igualmente cándidos ni mucho menos condescendientes con el “viejo verde” como sé que me llamaban secretamente. Las frecuentes visitas de Estela terminaron por despertar la ira en algunas mujeres, el odio en los colegas con familias bien establecidas y la envidia en los jóvenes, deseosos de aventura.

Uno de estos, José Luis, un soltero que  tenía un defecto en la pierna izquierda y a  quien yo le había frustrado un ascenso en el banco, encontró en Estela la mejor manera de vengarse y comenzó a asediarla con requiebros que me parecían de una cursilería intolerable pero que obraban con cierta eficacia en el corazón dúctil de la muchacha.

–Pensé que era su nietecita, don Miguel, me dijo un lunes por la mañana, con la seguridad propia de quien ya había conquistado sus favores y podía permitirse hablar de ella con familiaridad. Esa mañana tuve deseos de romperle a golpes su agresiva  sonrisa pero logré contenerme, seguro de que todos los que me odiaban gozarían con el escándalo y encontrarían en él una buena razón para escarnecerme. Preferí soportar la humillación en silencio, muy a pesar de que el soberbio muchacho continuaba de pie frente a mi escritorio y debía observar burlonamente, mientras yo simulaba leer un informe, los escasos cabellos que yo peinaba cuidadosamente para ocultar los amplios espacios de mi calva otoñal.

En la noche de aquel lunes, tendido en mi ancha cama de viudo, pensé en los pormenores de la jornada de trabajo y en lo mucho que me había recompensado la tarde del fatigoso día: del habitual encuentro vesperal con Estela había salido con la moral en alto y con muchos deseos de vivir, de hacerle frente a esos jóvenes que me querían empujar antes de tiempo cuesta abajo. Casi extasiado pensé en el instante en que mi masculinidad hizo fondo en los tesoros ocultos de Estela y, por una vez más, le vi los ojos iluminados y le sentí encendida la piel. Esa noche me felicité por no haberle reprochado su ausencia durante el fin de semana y llegué al convencimiento íntimo de que el sábado y el domingo enteros no le habían sido suficientes a José Luis para sobreponerse  con sus besos de picaflor a los efectos que causaban en la hembra compartida mis resuellos de viudo rancio. Por esta razón, al día siguiente tuve fuerzas para soportar con dignidad la complicidad secreta y feliz de los que conspiraban contra mi pasión postrera y veían en José Luis al joven que por fin me había sabido poner en mi puesto.

Con temor, pero también con instantes de alegría que no podía compartir con nadie, los veía removiéndose con inquietud en sus asientos, esperando ansiosos el instante en que Estela empujaría la puerta giratoria del banco, dejaría en silencio calculadoras y máquinas de escribir  y caminaría con lentitud hasta la pasarela, en donde, desmayada de amor, como en una escena de las telenovelas en boga, esperaría la  juvenil sonrisa  de mi rival. La mirada pasaría entonces del feliz encuentro de la  pareja a mi cara congestionada por la humillación. Esto pensaba yo que imaginaban mis intolerantes compañeros de trabajo

Aquellos días fueron   tensos, pero no vino Estela. La ansiosa  espera acabó por desconcertar a los empleados y comenzó a avivar la pasión  que se gestaba en el corazón  de José Luis. Herido en su amor propio y avergonzado frente a sus jóvenes colegas, el muchacho incrementó con desasosiego sus  encuentros, en los que, supongo, Estela sólo le ofrecía una escasa ración de lo mucho que tenía para dar y que me daba, aunque menos por amor que por gratitud. Sospecho que en esos contactos tan abundantes como fugaces lo enceguecieron por completo los celos.

Una rumorosa mañana  de   entreverados  silencios nos sorprendimos todos al ver instalado en el rostro de José Luis la palidez lánguida de los enamorados insomnes. Nuestra sorpresa fue aún más conmovedora cuando en la tarde de ese mismo día vimos entrar a Estela intempestivamente y nos encontramos con un José Luis atolondrado, que no supo cómo recoger los papeles que se le cayeron de las manos .

Cuando la mujer salió airosa del banco, después de haberle dado yo un sobre que contenía un poco más de la mitad mi última quincena, el muchacho conspiró contra mí. Se acercó con el pretexto de que le ayudara a revisar un extracto de cuentas y me dijo entre-dientes y con aire provocador: ya está usted casi desentechado, ¿cuándo va a comprar la peluca?

-Cuando usted deje de cojear, le respondí.

-Sé que a usted no debe interesarle mucho pero es bueno que sepa que ni a Estela ni a mí nos incomoda la cojera cuando nos revolcamos en la cama.

Estas últimas palabras de José Luis me sacaron de quicio y me hicieron levantar bruscamente del asiento, pero al encararlo encontré tanto amor en sus ojos que no me fue difícil entender que no eran más que las de un muchacho que se sentía a la defensiva.

Contemplando la luz que se desprendía de su mirada a pesar de la confusión del momento, llegué a constatar que, como ha dicho alguien, entre dos seres es siempre más perfecto el corazón del que ama. Esta perfección que encontré en el rostro de José Luis me llevó a pensar que quizás había algo de turbio en mi pasión por Estela. Sin embargo, no tardé en consolarme con la idea de que las formas del amor cambian con el tiempo; que cuando amé por primera vez mí rostro debió ser tan diáfano como el de José Luis; que lo turbio no estaba en mí sino en la mezquindad de mis compañeros de trabajo.

Cuando, después de haberse casado el último de mis hijos, comencé a convivir con Estela en un apartamento del barrio San José, mis impulsos de viudo se vieron prontamente saciados y desbordados por una ternura que me hacía pensar que había reencontrado el costado de mi compañera fallecida. Solo que la risa juvenil de Estela no estaba todavía para ternezas; que era corto el camino que  recorrería con  ella y que era imposible que llegáramos juntos a ese punto en el que la pareja se asemeja a dos hermanos solterones que deciden envejecer unidos por miedo a abandonar el techo de sus mayores. Estos pensamientos me acosaban en las noches de mi felicidad tardìa, pero los fines de semana yo sacaba fuerzas para llevar a Estela a los bailes que se celebraban al aire libre, con orquestas provenientes de toda el área del Caribe. Allí competía con muchachos que bailaban hasta el amanecer con la camisa pegada a la espalda, exageraba hasta el cansancio mis pasos de rumba y me divertía a ratos, convencido de que mí pareja estaba hecha de arriba a abajo para la farra y que era necesario que yo le siguiera su acelerado ritmo si no quería encontrarla aburrida  después de mis jornadas de trabajo. A ella le fascinaban aquellos bailes a pesar de que yo no podía ocultar la amargura que me producía el no tener cabellos que contuvieran ese sudor que brotaba a chorros de mí cráneo desnudo, descendía de mi frente amplia y arrugada e inundaba la cara de Estela dejándole un molesto sabor salobre en los labios.

Con todo, confieso que fui casi feliz durante los tres años que conviví con Estela. Sobre todo desde el instante en que José Luis se supo sin la suficiente dosis de cinismo que significaba para él usurparle unos besos a la mujer del “viejo verde” como él decía, y decidió abandonar el banco y echarse su carga de amor al hombro.

No obstante, sin quererlo, alentaba con su ausencia el rencor de los que me imaginaban colmado de una felicidad inmerecida. Viejos colegas que yo creía indiferentes a mi suerte me fustigaban con sus miradas de soslayo, se dirigían a mí para decirme lo estrictamente necesario y me excluían de las reuniones sociales que organizaba el banco.

Sin embargo, una mañana de mediados de agosto, la señora Eulalia me sorprendió con una sonrisa en el momento en que depositaba el pocillo de café sobre mi escritorio. Yo le correspondí un tanto perplejo su inhabitual manifestación de afecto y continué revisando papeles. Sólo cuando levanté el rostro, recosté mi columna vertebral al espaldar del asiento y tomé el primer sorbo de café, me di cuenta de que la sonrisa de la señora Eulalia era la misma que colgaba de los labios  de todos mis compañeros de trabajo.

Era tan exacta la dimensión de cada sonrisa que no pude evitar el vértigo cuando mi mirada pasó de un rostro a otro en busca de una explicación posible. Entonces comprendí que la mañana entera había sido alegre para todos y constaté que nadie se sentía molesto por el ruido de un radio mal sintonizado en el que un joven empleado seguía los incidentes de la vuelta a Francia en bicicleta.  Debe ser que están ganando los colombianos, pensé en un comienzo, pero casi enseguida advertí que el ambiente de fiesta que dominaba el banco no tenía nada que ver con aquello.

Durante el almuerzo le conté todo a Estela. Le dije que los empleados habían pasado de un extremo a otro, que parecían contentos de verme, que quizás habían decidido cambiar conmigo y que algunos me habían dado golpecitos en el hombro para despedirse a la hora de la salida. A lo mejor nos invitan a la fiesta del cumpleaños de la sub-gerente, agregué entusiasmado.

—No seas iluso, Miguel -me dijo Estela-, yo no creo que esa gente tenga razones para cambiar contigo. De pronto es que saben que te van a matar y están felices porque ya te dan por muerto. Eso me dijo Estela con una expresión fría y maligna que hasta entonces yo le desconocía. En su voz noté por primera vez el resentimiento de la muchacha que se había visto obligada a torcerle el cuello a sus sentimientos para considerarse un tanto protegida. Sorprendido, dejé en suspenso la cuchara de caldo que me llevaba a la boca, y me la quedé mirando como si estuviera a muchos años de distancia. Me quité con los dedos el sudor que me inundaba a chorros la frente y, sin que pudiera evitarlo, le sonreí con esa misma sonrisita nerviosa de viejo cretino que se apoderó de mí cuando en la tarde el Gerente me entregó la carta en que se me informaba que el banco había decidido pensionarme, una manera de decirme decentemente que yo salía sobrando en esta perra vida.

Comprendí entonces que la sonrisa de los empleados no era más que una de las formas del rencor.

Humillado, menos por los años que llevaba a cuestas que por la satisfacción que mi despido causaba en los otros, abandoné el banco. Salí aturdido por el cuchicheo de las secretarias y las imágenes que acudían a mi mente desde la mañana remota en que me inicié como patinador.  Me vi flaco, risueño, feliz, tarareando canciones mientras llevaba papeles de un escritorio a otro. En la noche me emborraché de tristeza en un cafetín de tangos de la calle San Blas y lloré en algún momento de la borrachera.

Los meses que siguieron me parecieron  interminables. Estela se cansaba de verme todo el día en casa, no disimulaba el fastidio que le producían el descuido de mi apariencia, mi ocio obligado, el peso inocultable de mis años y la desesperación de convivir con un hombre que ya no tenía a donde ir.

Un día, al regresar de una larga caminata por el parque San José encontré el apartamento desmantelado. Estela se había ido con todo. Sólo eché de menos los tesoros ocultos en su cuerpo de paisaje sin flores. Yo sigo yendo al banco por mi mesada; siempre con la impresión de que las cuotas que recibo se están agotando, me están acercando a la muerte.

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