30 mayo, 2026

Entre la memoria y la leyenda: Virgilio Salas, el primer futbolista profesional de Santo Tomás

Por Alberto Redondo Salas

Fotografía del Archivo de la Biblioteca Nacional. La flecha señala al tomasino Virgilio Salas. Imagen restaurada mediante inteligencia artificial.

En la actualidad es común ver en las noticias a nacionales e internacionales, tanto en medios escritos como televisivos, el nombre de Santo Tomás como cuna de destacados futbolistas. Por eso, he querido hacer un alto en el tiempo y volver la mirada hacia atrás, para recordar al precursor de los deportistas profesionales de este municipio: Virgilio Salas.

Nació en Santo Tomás en 1925, en una época en la que el fútbol aún era más intuición que organización. Desde niño fue conocido con el remoquete de “el Mocho Gilio”, a raíz de un incidente en el que perdió un pequeño fragmento de una oreja. Pero lejos de ser una marca de fragilidad, ese apodo terminó convirtiéndose en símbolo, en identidad, en nombre que con el tiempo sería pronunciado con respeto en las canchas de tierra y en las historias de la Región Caribe.

Desde sus primeros años demostró un talento poco común. Su juego tenía algo distinto: potencia, intuición, carácter. Muy pronto comenzó a formar parte de los equipos más tradicionales de la población, entre ellos el recordado “Centenario”, donde forjó una reputación que no tardaría en crecer.

Entre los aficionados más antiguos al fútbol, aquellos que vivieron el juego cuando aún no había cámaras ni estadísticas, se narraban gestas épicas, dignas de leyenda, casi míticas. Se hablaba de partidos en los que el equipo parecía condenado a la derrota, hasta que aparecía él. Bastaba su presencia para cambiar el ritmo del juego. Historias de esas en las que, cuando todo parecía perdido, ingresaba al partido y era capaz de remontar marcadores adversos. Relatos que hoy, a los más jóvenes incrédulos, nos cuesta creer… no porque dudemos, sino porque parecen salidos de un tiempo donde el fútbol tenía algo de magia.

Se le reconocía como un verdadero rompe redes, con estadísticas de goleador a pesar de jugar como volante. Su pierna derecha, potente y precisa, era suficiente para inclinar la balanza en los momentos más exigentes. No era solo un jugador, era un punto de inflexión dentro de los partidos.

Su nombre comenzó a expandirse por el medio futbolístico, despertando el interés de clubes de Barranquilla. Allí vistió los colores de equipos como el Nacional y el Scotland, instituciones que en su momento marcaron la historia del deporte regional, y donde su talento terminó de consolidarse.

Deportivo Barranquilla

El año 1949 marcaría un antes y un después. Virgilio Salas se convertiría en el primer futbolista tomasino en jugar profesionalmente en la máxima categoría del fútbol colombiano, tras ser fichado por el Deportivo Barranquilla. Aquel equipo participaba en la Categoría Primera A en reemplazo del Junior, que, siendo subcampeón en 1948, se retiró del segundo campeonato profesional en medio de diferencias con la naciente Dimayor y la Federación de Fútbol. Mientras tanto, Junior emprendía viaje a Río de Janeiro para disputar un campeonato suramericano.

Ese mismo año comenzaba una de las etapas más fascinantes del fútbol colombiano: “El Dorado”, una época en la que el país se convirtió en destino de grandes figuras internacionales, especialmente argentinas, debido a la huelga de futbolistas en su país. En ese contexto, el 14 de agosto de 1949, “el Mocho Gilio” enfrentó en el Estadio Nemesio Camacho “el Campín” de Bogotá a Millonarios, un equipo que alineaba a figuras como Adolfo Pedernera y Alfredo Di Stéfano, protagonistas del célebre “Ballet Azul”, considerado hasta hoy uno de los mejores equipos de todos los tiempos.

Era, en esencia, el encuentro entre el talento que nacía en los pueblos y la élite del fútbol mundial.

El eco de un legado

Terminada su experiencia con el Deportivo Barranquilla, comenzaron a surgir ofertas de otros equipos profesionales del país, especialmente en ciudades como Cali y Medellín, e incluso rumores de interés desde el exterior por contar con el “elegante tomasino”, como ya se le conocía en los medios radiales. Sin embargo, las condiciones económicas de la época y las dinámicas del fútbol de entonces limitaron la continuidad de ese camino.

Pero el legado ya estaba construido. Más allá de los contratos, de los equipos o de las cifras, Virgilio Salas dejó algo más profundo: abrió una puerta. Demostró que desde Santo Tomás era posible llegar al fútbol profesional, que el talento no reconoce fronteras cuando encuentra su momento.

La mañana del 18 de septiembre de 2010, mientras el municipio vivía el jolgorio de sus fiestas patronales y celebraba el amor y la amistad, la noticia comenzó a correr de boca en boca, abriéndose paso entre la música, las risas y el bullicio: había fallecido Virgilio Salas. El contraste no pudo ser más profundo. Mientras el pueblo celebraba, también empezaba a recogerse en silencio para despedir a uno de los suyos.

Su despedida, envuelta en la bandera municipal, no fue solo un adiós, sino un acto de memoria colectiva. Hombres y mujeres de distintas generaciones se acercaron, algunos con la certeza de haber sido testigos de su talento en la cancha; otros, con la emoción de haber crecido escuchando su nombre como parte de esas historias que explican el orgullo de pertenecer a un lugar. No era solo un jugador el que se despedía, era una época, una forma de vivir el fútbol y de entender la vida.

El día de su sepelio, el cielo pareció sumarse al duelo. Un aguacero persistente acompañó el cortejo, obligando a muchos a cubrirse como podían, pero sin lograr dispersarlos, nadie se movía ni se iba, como si cada gota reforzara la necesidad de quedarse hasta el final. Fue sepultado en medio de esa lluvia intensa, como si el cielo mismo hubiese querido acompañar con su llanto la partida de uno de sus deportistas más ilustres.

Y, sin embargo, su historia no terminó allí. Quedó suspendida en la memoria del pueblo, en esas narraciones que aún circulan entre quienes lo conocieron de cerca y en aquellos que, sin haberlo presenciado, han heredado su nombre como parte de una identidad compartida. Historias que a veces parecen desbordar la realidad, pero que persisten porque hablan de un tiempo en el que el fútbol de pueblo tenía algo de rito, de épica, de misterio.

Nota: Este artículo corresponde a una versión actualizada de la columna publicada en el periódico Zona Oriente en julio de 2013.

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