8 julio, 2026

Hoy no vengo hablar de fútbol. Vengo hablar de una tragedia psíquica de dimensiones bíblicas

Por Isabel Borrero Ramírez
Especial para Voz de Oriente

Mis queridos analistas, pasen, siéntense en el diván y respiren profundo. Hoy no vengo a hablar de fútbol. Vengo a hablar de una tragedia psíquica de dimensiones bíblicas. Sí. Perdimos con Suiza.
Antes que nada, un aplauso inmenso para nuestra Selección Colombia. Gracias por dejar el alma en la cancha. En el fútbol se gana, se empata y se pierde. Eso pasa. Lo que ya requiere intervención clínica es la creatividad nacional para explicar las derrotas.
Porque yo ya encontré el diagnóstico. Abelardo saló la camiseta. Sí, lo dije. La saló. Le vació encima tanto Refisal electoral que la pobre camiseta ya no olía a camerino sino a pescado en salmuera. Después de semejante baño de sodio político, el uniforme necesitaba agua bendita, terapia cognitiva, una limpieza energética y, por si acaso, una diálisis simbólica antes del primer pitazo.
¿Cómo se le ocurre a alguien convertir el único símbolo que todavía lograba unir a medio país en un volante de campaña? Es como ponerle un código QR electoral a la Mona Lisa y después escandalizarse porque el Louvre empezó a parecer un comité político. Hay egos tan monumentales que, si pudieran, registrarían el arco de la Selección como sede oficial de campaña.
Desde luego, esto no aparece en ningún manual de psicología. Aparece en un capítulo perdido del Manual Colombiano de Catástrofes Simbólicas. Ahí dice, con absoluta seriedad científica, que cuando un político intenta apropiarse del afecto colectivo, la sal se distribuye por ósmosis patriótica y los símbolos empiezan a desarrollar alergia al oportunismo.
Y ocurrió. No perdió solamente Colombia. Perdió el inconsciente colectivo. Perdió la dopamina nacional. Perdió ese hermoso delirio de creer que, esta vez sí, la historia nos debía una alegría.
Lo más extraordinario es que ahora aparecerán miles de expertos demostrando que la derrota fue culpa del árbitro, del césped, de la humedad, del cambio climático, de los relojes suizos, del queso Gruyère y, probablemente, de una conspiración internacional de fabricantes de chocolate suizo empeñados en destruir la autoestima futbolística de Colombia. Yo no. Yo sostengo mi teoría completamente anticientífica, profundamente irresponsable y descaradamente sarcástica: Abelardo saló la camiseta.
Y cuando uno sala un símbolo que pertenece a todos, el universo, que tiene un humor negro bastante refinado, suele responder con una carcajada. Porque el fútbol perdona muchas cosas, pero convertir la camiseta de la Selección en publicidad política parece haber sido demasiado incluso para los dioses del balón.
Nos vemos en la próxima sesión del diván. Y, por favor, la próxima campaña política… dejen tranquila la camiseta de la Selección. La pobre bastante tiene con cargar las frustraciones de cuarenta y tantos millones de directores técnicos, quince millones de seleccionadores nacionales y uno que otro político convencido de que hasta los goles necesitan hacer campaña.
P. D.: James Rodríguez, Luis Díaz y compañía: gracias por recordarnos que la camiseta de la Selección tiene un solo patrocinador legítimo: cuarenta y tantos millones de colombianos. Si alguien vuelve a intentar usarla como valla electoral, por favor lávenla con abundante agua, jabón y un poquito de dignidad institucional.

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