6 octubre, 2022

La otra sabiduría

Por. Aurelio Pizarro

“A Zuri, quien me enseñó como nadie”.

Hace poco le han diagnosticado a Zuri, el perro de la familia, un linfosarcoma terminal y esa noticia, que hace unos cuatro meses apenas me hubiera interesado, ha terminado por remover el cieno de mis emociones más profundas. Me ha arrancado alguna lágrima y hasta algún sentimiento de culpa por permitirme la debilidad moral de conmoverme por un animal que ha tenido el lujo de un análisis de laboratorio en unos tiempos en el que el Estado no es capaz de garantizarle exámenes de laboratorio y respiradores a la mayoría de sus ciudadanos. Pero los sentimientos escapan siempre a la mecánica de la inteligencia y sospecho que las cosas, por muy disparatadas que parezcan, ocurren obedeciendo a un orden tan indescifrable como riguroso en el que nuestro sitio puede que se halle muy por debajo del que, de manera arbitraria, hemos decidido  atribuirnos.

Abusivamente creemos que las mascotas —cada vez más exóticas y mimadas en una sociedad que se nutre de excentricidades— han venido a este mundo como adornos o como simples seres de compañía, y nos sentimos con el derecho a arrancarlas de su hábitat natural y a decidir sus horarios a tenor de nuestra jornada laboral; a moldear sus instintos con severas normas de conducta que, a nosotros mismos, nos resultan a veces impracticables; a rodearlos de nuestros lujos creyendo torpemente que son los que ellos desean para sí. Hemos, con igual desatino, sometido sus necesidades afectivas a nuestro calendario emocional, haciéndoles jugar sólo cuando a nosotros nos apetece o iniciando una sesión de caricias únicamente cuando se nos antoja. Los sometemos a férreos castigos cuando nos lo indica nuestra cólera y llegamos incluso a decidir —cuando nos conviene, cuando sentimos que se acerca el final de sus vidas—, que ha llegado el momento de rescindir ese contrato de sentimientos en cuyo acto de constitución su voluntad no tuvo la más mínima importancia.

Pero quizás la razón de ser de esos seres sea más que ornamental, quizás escape a esa capacidad de comprensión de la que solemos hacer gala, justo para sentirnos por encima de ellos. A lo mejor sólo obedece a la ironía, a esa secreta forma de burla que debe ser ver a alguien persistir en la desesperada carrera del poder y del egoísmo, mientras a un palmo de sus narices pasa la vida. Su presencia entre nosotros constituye quizás sólo eso, un cifrado aviso que busca enseñarnos nuevos rumbos, rutas alternativas que el velo de la codicia y el de la egolatría nos impiden vislumbrar.

Por otra parte, resulta también pretencioso imaginar que su existencia haya sido determinada como subsidiaria de la nuestra, sobre todo porque un llano análisis comparativo daría cuenta de lo contrario: son felices apenas con lo necesario, descreen de la necesidad de gobernar, no someten ni discriminan a sus hembras y ni siquiera las especies más aviesas han tenido el descaro de llegar a inventar religiones con el ánimo de controlar otras vidas.  A veces me pregunto si no será nuestra existencia la que esté condicionada a la de ellos, si no estaremos nosotros aquí para dar sentido —con nuestro sinsentido— a su forma acertada de vivir. Si hasta veo los ojos de Zuri, en los que no ha habido sitio más que para el amor y para el perdón, y creo adivinar en ellos —en esa mirada que ya casi me habla con esa ulterior sabiduría de los desahuciados— la intención de regalarme una última enseñanza, de susurrarme al oído el verdadero sentido de la existencia, de recordarme, quizás, desde su generosidad infinita, una frase de Facundo Cabral que tantas veces escuchó a mi lado y que seguramente llegó a comprender mejor que yo: “Dios mío, pero si todo es tan sencillo: tan sólo se trata de vivir”.

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