5 octubre, 2022

Límites del rendimiento físico

Por. Félix Pizarro Salas.

A raíz del destacado desempeño de algunos deportistas colombianos en diferentes disciplinas físicas, en especial en el fútbol, más de dos periodistas criollos de la televisión nacional han manifestado  que los nuestros están por encima de los nacidos en otros países y añaden que la selección Colombia de balompié ha igualado y se encuentra próxima a superar con crecesa sus pares de países como Argentina, Brasil y Alemania porque los jugadores de estas naciones han entrado en decadencia. Ante esas afirmaciones, me permito retraer unas características propias de distinguidos miembros del reino animal y unos mínimos datos históricos correspondientes al rendimiento físico humano.

Según Nature Ecology & Evolution, revista mensual en línea, ninguno de los animales de tierra firme es tan rápido como el guepardo, mamífero que gracias a la disposición de sus extremidades, a la fortaleza de sus garras y al funcionamiento de su corazón –hasta 250 latidos por minuto- puede lograr unos 115 kilómetros por hora y mantener esa velocidad durante quinientos metros. El mismo medio informativo científico afirma que el tiburón mako, cuyo cuerpo crece unos cuatro metros de largo, puede alcanzar pesos aproximados a los setecientos kilogramos y se le conoce como “el devorador de hombres”, nada con un desplazamiento de 124 kilómetros por cada sesenta minutos. ¿Y qué tal el vuelo del halcón peregrino? esta ave sólo mide algo más de cincuenta centímetros de longitud, pero cruza los aires a  350 k/h y es capaz de capturar a sus presas a 300 k/h. Son ellos los tres campeones del zoo en los medios terrestre, acuático y aéreo.

Recalca la citada revista, dedicada al seguimiento de los avances investigativos en ecología y biología evolutiva, que  tales récords se han mantenido desde inmemoriales tiempos porque ninguno de los animales ubicados en el podium se ha interesado en superar las centenarias marcas. A diferencia del hombre, quien no cesa en la intención de mejorar los tiempos en las tantas pruebas atléticas que hoy reconoce el Comité Olímpico Internacional.

La competencia de los cien metros planos, considerada “la prueba reina del atletismo” porque premia al hombre más rápido del mundo, dio ganador en 1936, ante los ojos de Adolfo Hitler, en Berlín, al estadounidense Jessie Owens, primer negro vencedor en esa carrera. Claro, aquello enfureció al führer quien pregonaba y defendía la superioridad de la raza aria. El gringo gastó 10:03 segundos en el recorrido. Toda una proeza que en los Juegos Olímpicos de México (1968), Jim Hines bajaría a 9:95, seguido por otros históricos: Carl Lewis (9:97), Asafa Powell (9:72), Tyson Gay (9:69),  hasta encontrar al jamaiquino Usain Bolt , muchacho de 22 años de edad que el 16 de agosto del 2009 – hoy se cumplen once ruedas de la singular batida –  se convirtió en la leyenda viva del atletismo al hacer los cien metros lisos en 9:58 segundos. Ese recorderis nos permite concluir que en setenta y tres años, el tiempo de la prueba reina sólo ha sido mejorado en 45 centésimas de segundo. Y hablamos, en atletismo y en otros deportes, de hombres excepcionales, tales como el basquebolista Michael Jordan con sus seis anillos de la NBA, el beisbolista Barry Bonds con sus 762 jonrones, los tenistas Roger Federer y la señora Margareth Court con veinte y veinticuatro títulos de Grand Slam respectivamente, la gimnasta rumana Nadia Comanecci con la perfección que la llevó a obtener diez en todo, Pelé con mil goles anotados y otros privilegiados deportistas de alto rendimiento.

Si partimos de los animales, las marcas se han petrificado. Caso distinto a los récords humanos, por cuanto la inteligencia le permite al hombre crear nuevos mecanismos, mejorar implementos, usar materiales de mejor calidad para canchas y pistas y, en fin, recurrir a diversidad de medios para superar los guarismos logrados. No obstante, existe un techo del rendimiento físico superable sólo por los deportistas excepcionales. He ahí el porqué resulta errático asegurar que los futbolistas alemanes, los argentinos y los brasileños se deslizan hacia la decadencia. Vale recordar que el fútbol es llevado a Argentina por trabajadores ingleses en 1867 y a Brasil en 1890 por Charles Miller, conocido como el padre del jogo bonito. Por otra parte, el Dresden, primer club alemán futbolístico, fue fundado antes de 1860. Mientras a Colombia, ese deporte entra en 1902 y, solamente en 1948, se juega el primer torneo.

Alemanes, argentinos y brasileños, además de tomarnos ventaja cronológica en el punto de partida de la práctica del fútbol, contaron con gobiernos que les dedicaron mayor atención al desarrollo físico de sus ciudadanos mediante la creación de escuelas que orientan la formación técnica de los niños y jóvenes y les aportan a éstos una fundamentación extraída del estudio profundo y detallado del deporte. Tarea que apenas, en las últimas décadas del siglo XX adopta verdadero cuerpo en Colombia. Así, concluimos que en Brasil, Argentina y Alemania no está ocurriendo una debacle de la calidad, si no que sus deportistas – léase futbolistas – han alcanzado, antes que los colombianos, el techo de rendimiento físico humano. El mismo que paso a paso lograrán nuestros compatriotas.

Cuando todos los competidores hayan tocado el punto máximo de rendimiento físico, los triunfadores serán quienes asuman las mejores estrategias, adopten las tácticas más eficaces, estudien con mayor dedicación al contendor y sean capaces de poner la inteligencia al servicio del deporte. Desde luego, los Nadal, los Maradona, las Williams, los Babe Ruth, los Muhammad Alí, las Mariana Pajón, los Michael Phelps, las Katherine Ibargüen siempre existirán… los fenómenos no desaparecerán.

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