8 noviembre, 2026

Roger Truyol Fontalvo: Un científico al alcance de todos

Por: Tatiana Guardiola Sarmiento

Hay personas cuyo compromiso y entrega se convierte en referencia para la Institución que los acoge. En el Colegio Oriental, uno de esos nombres inmanentes a la alta calidad humana y la excelencia académica ha sido el de Roger Antonio TruyolFontalvo. Su partida dejó un vacío difícil de nombrar, porque no solo partió de este plano terrenal un profesor exitoso con 33 años de servicio; se fue un compañero cabal,y un formador apasionado; defensor del conocimiento y la cientificidad. 

Pude continuar la semana, el año o incluso la vida sin escribir estas líneas. También habría podido dejar que la inteligencia artificial desplegara un homenaje correcto y bien escrito. Sin embargo, hay dolores que exigen la voz propia y gratitudes que no admiten intermediarios. Por eso hoy prefiero escribir desde la memoria y el apreciopara contar por qué su recuerdo ya es un legado orientalista.

Roger era profesor de ciencias, pero en realidad enseñaba algo más profundo: enseñaba a disfrutar la naturaleza y volvía lúdica, accesible la complejidad de las fórmulas. Su rigor académico estaba acompañado de una pasión inquebrantable por el saber científico. Su mística docente y su disciplina intelectual convertían cada lección en una invitación permanente a descubrir, preguntar y analizar el mundo. Quienes compartieron con él saben que no era un maestro conformista; despertaba en cada estudiante la curiosidad, ayudaba a desarrollar el potencial crítico y abría horizontes.                                                                                                                                                                                     Su trabajo marcó un hito en múltiples procesos institucionales; la preparación de las Pruebas Saber encontraba en él a un líder comprometido que asumía los desafíos educativos con responsabilidad y entusiasmo. Para Roger, los resultados académicos no eran simples estadísticas; representaban el fruto del esfuerzo colectivo.

Pienso entonces, en la incidencia de su postulado pedagógico en generaciones de egresados del Oriental, se puede rastrear en innumerables historias de vida como es el caso de mis primas, Shirley y Matilde Sarmiento, para quienes el modelo de enseñanza de Roger fue decisivo en la elección de sus carreras como biólogas, encontraron en el conocimiento del medio ambiente y de los ecosistemas una forma de transformar sus vidas. Matilde al enterarse de su fallecimiento lo describió así: “Era un docente que admiraba por su forma de explicar la química con una pasión en medio de su serenidad. Su pizarra era impecable, bonita era su letra; organizaba su contenido de fórmulas químicas para luego realizar el balanceo, que lo hacía ver tan sencillo y fácil de aprender. Recuerdo en nuestros simulacros de las pruebas ICFES se esmeró por enseñarnos todos los cuadernillos que pudo conseguir, y fue el área en que mejor nota obtuve en mis pruebas. Fue un docente atento, amable y siempre preocupado por el aprendizaje de sus estudiantes. Además, puedo decir que me inspiró a sentir un cariño por el medio ambiente y su cuidado. Recuerdo que cada vez que terminaba su clase mi pensamiento era: <Cuando sea grande quiero ser la mejor docente como lo es mi profesor de química>. Hoy soy docente universitaria del curso Individuo y Medio ambiente en el Perú gracias a él.”   Historias como la de Matilde permiten comprender la verdadera dimensión de su trabajo, Roger representaba precisamente eso: la certeza de que la educación puede cambiar destinos.

Su compromiso con la formación integral encontraba otras expresiones dentro de la vida institucional, como ocurría en las Olimpiadas Orientalistas en donde también sobresalía en el partido de fútbol inaugural de maestros como deportista, demostrando cómo su energía, disciplina y espíritu competitivo eran una extensión natural de su manera de entender la vida: dar siempre lo mejor de sí mismo. 

Tuve la oportunidad de expresarle mi admiración por su labor. Conversamos en varias ocasiones sobre su práctica en la educación ambiental, sobre pruebas estandarizadas y gestiones del área de ciencias. Fue un Maestro emérito que nunca pretendió ser candidato a distinciones a pesar de su entrega y tenacidad. Roger pertenecía a esa estirpe silenciosa de educadores que construyen país desde el aula, lejos de los reflectores, pero cerca de las personas. 

Dicen que muchos reconocimientos llegan después de la muerte. Ojalá no fuera así. Ojalá la vida hubiera tenido más tiempo para recompensar a este hombre generoso, avezado y ejemplar en su oficio. Sin embargo, existe un mérito que ningún reconocimiento oficial puede igualar: permanecer vivo en la memoria agradecida de quienes aprendieron de él.

Su partida llegó de manera devastadora e inesperada. Como sucedió en este mismo semestre con otro compañero, el licenciado en Educación Física Tulio Tomás Heredia Romero, nuestra comunidad educativa oró y se aferró durante días a la esperanza de su regreso. Sin embargo, la enfermedad terminó por arrebatarnos la presencia física de dos hermanos entrañables. Desde entonces permanecen el duelo y esa inevitable sensación de ausencia prematura que dejan quienes aún tenían tanto por aportar. La fe nos recuerda que ninguna vida entregada al bien se pierde ante los ojos de Dios, y su memoria se convierte en un impulso para continuar creciendo, innovando y construyendo juntos el derrotero que ayudaron a forjar.

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