26 septiembre, 2022

Texto leído en la primera Feria del Libro de Santo Tomás

Por. Ramón Molinares Sarmiento.

Un grupo de jóvenes profesionales liderados por el abogado Giancarlo Silva, ha organizado este evento con el noble propósito de estrechar un poco más la relación entre el libro y los habitantes de Santo Tomás. Estos caballeros saben por experiencia  que el conocimiento abre puertas y que la lectura, además de ser una de las variadas formas de la felicidad, es también una fuente de poder.

Conjeturo que con esta primera feria del libro  los organizadores quieren, entre otras cosas, transmitirnos la idea de  que quien tiene un discurso respaldado en amplias lecturas  acaba teniendo igualmente la razón; recordarnos que en todo buen lector hay un escritor en potencia, un buen redactor de alegatos jurídicos o de informes científicos; y manifestarnos que aceptan sin reparos esta sentencia de Mao Tsé-Tung: “el que no lee y no investiga no tiene derecho a hablar”.

Gracias a ellos estamos hoy  festejando la existencia de la escritura y los libros, sin duda  los inventos más útiles de la humanidad.

En la prehistoria del hombre, antes del invento de la escritura, el conocimiento se acumulaba en la mente de los ancianos, lo que los hacía tan venerables como poderosos. Entonces era la memoria la facultad intelectual que más ejercitaban los hombres. Afirman los estudiosos de la prehistoria y la antigüedad que la Ilíada, el gran poema épico de los griegos, fue compuesto mucho antes de que se inventara la escritura; aseguran que, activa, bien aceitada como estaba por aquellos tiempos la memoria, había personas, obviamente analfabetas, que iban de la plaza de un pueblo a otro refiriendo los pormenores de la guerra de Troya, cantando ante un público igualmente analfabeta el poema épico que más tarde recogería Homero en forma de libro. Tan valiosa era considerada la memoria en la antigüedad griega que hay quienes ahora sostienen que incluso la filosofía de Sócrates era completamente oral, que sus discípulos  memorizaban la argumentación con que respaldaban sus tesis.

Los colombianos de hoy sabemos que para componer poemas no es necesario saber escribir. Juancho Polo Valencia y Alejo Durán, que no eran letrados, nos dejaron poemas cantados que las generaciones por venir no dejarán caer en el olvido.

Escritos a mano, en pergaminos y papiros, los primeros libros sólo llegaban al reducido número de personas que sabían leer. Eran un precioso regalo para reinas y reyes, para notables consejeros de las cortes.

El inmenso poder alcanzado por la iglesia Católica durante la Edad Media se deriva en gran medida de la excluyente posesión del saber, de  la tenencia de los libros que, como observamos en la novela El Nombre de la Rosa, de Humberto Eco, se escribían a mano en los conventos, inalcanzables, además, para las personas que, fuera de las cortes, habrían podido leerlos:la intriga de esta obra la conforma la búsqueda de un libro guardado secretamente en la biblioteca de una abadía, que ni siquiera los escribas, los copista que allí trabajaban, tenían derecho a leer. El libro buscado estaba relacionado con la risa,  considerada subversiva por los sacerdotes de aquel tiempo. Quizá aún lo sea, lo siga siendo, pues, según algunos, la risa surge por primera vez en el hombre cuando, ya concentrado el poder en unos pocos, el siervo que por casualidad ve resbalar y caer a uno de estos poderosos, un rey, una reina, un cortesano, no puede evitar la carcajada.

Una de las causas posibles que llevaron a los abates a conservar en secreto el citado libro relacionado con la risa es el hecho de que, según ellos, Jesús nunca rió, no se burló de nadie, no se valió de la risa para subvertir el orden.

En nuestros días, programas de televisión de fines de semana, como Los Reencauchados, subvierten el orden, representan a los poderosos en situaciones que provocan la risa en los televidentes.

En esta primera feria del libro creo  necesario recordar que fue Gutenberg, con su maravillosa invención de la imprenta, quien democratizó el conocimiento; este alemán logró, sin que ese fuera su principal propósito, sacar el saber de los conventos, de las abadías, para ponerlo al servicio de la mayoría de los  hombres. Con la vulgarización del conocimiento  a través de los libros,no solo los ancianos sino también los obispos, cardenales y papas, vieron un tanto disminuido su poder y veneración. Con el libro impreso se crea una nueva aristocracia, la del espíritu, que no está basada en el poder del dinero ni en el de las armas ni en el de los apellidos de sangre azul sino en el conocimiento contenido en los libros.

La interminable lucha de la humanidad por el liderazgo  político nos demuestra que una clase social reemplaza a otra cuando asimila y sobrepasa los conocimientos de la que detenta el poder. La revolución francesa, llevada a cabo contra el clero y la nobleza, fue liderada por una burguesía ilustrada. Mientras los nobles, en realidad campesinos ignorantes, vigilaban desde sus castillos a los siervos que les ordeñaban las vacas y les sembraban sus tierras, los del burgo, los burgueses, los de la ciudad, devoraban las páginas de los libros, desarrollaban las ideas que hicieron posible la revolución.

Todos los que han introducido cambios profundos en los pueblos, como Abrahán Lincoln, Simón Bolívar o Mao Tsé-Tung, han consagrado gran parte de su  vida a los libros. Menos que por amor a los fusiles,  estos hombres de Estado se caracterizaron por el amor a los libros.

Los libros contienen el mundo, que  ha sido imaginado como una inmensa biblioteca.En los libros, en ese mundo de papel,aprendemos sobre  los movimientos de los astros, las leyes de la naturaleza, el curso de los ríos, el desarrollo de las ideas, los nuevos descubrimientos de la ciencia,  en fin, sobre  el avance de las innumerables manifestaciones  de la cultura, entendida ésta como todo lo creado por el hombre, desde un hacha de piedra hasta una nave interplanetaria. Por esto, quizá, tanto el libro como el que lo está leyendo,despierta en el observador casi el mismo respeto que nos merecen las cosas sagradas. Las bibliotecas exigen silencio porque nada debe interrumpir la interacción establecida entre el lector y el libro. Se trata de una relación excluyente, que se da solo entre dos, y que produce un placer tan intenso que nunca podemos explicárselo, como quisiéramos, al primer amigo que encontramos después de la lectura.

La incapacidad de transmitirle a otro la intensidad del placer que nos ha deparado la lectura de un libro como Cien Años de Soledad, por ejemplo, es lo que nos lleva a recomendar su lectura. El que recomienda la lectura de un libro lo hace con el fin de que otros sepan cuán dignos y felices nos hemos sentido durante su lectura. Repito que la lectura es una de las formas más acabada de la felicidad; nos ayuda a sobrellevar la pobreza, la soledad, las calamidades; nos hace ver el mundo a través de los ojos del autor, de quien después hablamos como si se tratara de un amigo del que estamos muy agradecidos.

Si un hombre, si un pueblo, no pueden  salir de la ignorancia, jamás podrán salir de la pobreza, tanto espiritual como material. Por esto creo que la más noble aspiración de un hombre es la de llegar a pertenecer a la aristocracia del espíritu, que es el circulo en donde se encuentran todo los que, por distintos caminos, alcanzan el dominio de cualquier disciplina. El economista, el neurólogo, el matemático, el poeta, por más disímiles  que sean sus conocimientos, logran entenderse en la cumbre, los une el lenguaje de los aristócratas del espíritu.

Más que la de transmitir conocimientos a través de una cátedra magistral, la labor del educador es la de fomentar en sus estudiantes el hábito de la lectura. El buen profesor es el que procura que sus estudiantes amen los libros de la misma manera que otros aman las armas o los gallos de pelea. El hombre siente siempre la necesidad de apasionarse por algo.La pasión que por libros experimenta el que se cría entre ellos, no es inferior a la experimentada por los galleros que crecen entre espuelas, plumajes y cantos roncos en la madrugada. La diferencia está en que el primero sabe, debe saber, cómo hablar y escribir de la pasión que lo domina.

Que el padre de Newton haya sido profesor de matemáticas, el de Picasso profesor de pintura y el de Borges escritor, nos hace pensar que  los que se crían entre libros alcanzan de manera más fácil el dominio de las artes y la ciencias.

Es normal que los que no se hayan criado entre libros opongan al principio cierta resistencia a la lectura. Es que a mí no me gusta la poesía, no me gusta leer cuentos ni novelas, dicen algunos jóvenes estudiantes, pero ¿Cómo va a gustarles leer sino hemos fomentado en ellos el hábito de la lectura? ¿Cómo va a gustarles la música clásica, si no les hemos educado el oído para escucharla? ¿Cómo va a gustarles visitar museos de pintura si no les hemos adiestrado el ojo para apreciar formas y colores? ¿Cómo van a gustarles las matemáticas si no los preparamos para que valoren  la belleza de las formas abstractas?

Estoy convencido de que una vez creado el hábito de la lectura todas las disciplinas les resultan interesantes a los lectores. El buen lector acaba por comprender que todas las disciplinas se complementan. El que lee quiere saber de todo, se vuelve sensible a todas las expresiones del conocimiento;encariñado con las matemáticas, extiende este sentimiento a la física, a la biología, a la filosofía. etc.

He dicho todo lo anterior porque tengo bien entendido que el propósito de los jóvenes organizadores de esta primera feria del libro es la de fomentar la vocación por la lectura, por los libros, lo cual es posible dadas las  circunstancia por las que  ahora atraviesa Santo Tomás. Cuando el papa viaja al más lejano rincón del mundo lo hace para estimular las vocaciones sacerdotales. Él sabe que la vocación religiosa puede fomentarse de la misma manera que otros fomentan la guerra, la música, el vicio, el sicariato, el paramilitarismo.

La vocación, la inclinación por cualquier oficio o forma de vida, depende del entorno en que el individuo se desarrolla; por esto nos resulta explicable que los niños de Valledupar acaben siendo acordeoneros; arpistas los llaneros; tamboreros los de San Basilio; y guitarristas los de la meseta Cundíboyacense.

Los tomasinos de mi edad,  por cierto ya bastante avanzada, crecimos en hogares sin libros; los de ahora están creciendo entre bibliotecas caseras y públicas; no son un montón de personas sino verdaderos ciudadanos, termino este que los griegos aplicaban a las personas suficientemente preparadas para elegir a sus gobernantes. Han pasado de la montonera a la condición de ciudadanos, lo que explica que ahora tengamos un alcalde que pasará a la historia como protector de las artes y las letras, de todas las manifestaciones de la cultura.

Inexplicablemente, al médico Blas Fruto, nuestro actual alcalde, le está alcanzado el dinero para realizar festivales de teatro y  danza, para facilitar publicaciones de libros, organizar torneos de ajedrez, de basquetbol, de toda clase de deportes.

Si no fuera por el alcalde que tenemos esta primera feria del libro no habría sido posible; pero también es cierto que si no hubiera en Santo Tomás buenos ciudadanos, personas que saben elegir, Blas Fruto no habría sido alcalde de este municipio.

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1 comentario en «Texto leído en la primera Feria del Libro de Santo Tomás»

  1. Magistral cátedra y felicitaciones a gaspito por permitir estos sesudos textos.Quiero aclarar q Juancho polo terminó su primaria con cinco en sus asignaturas, de allí q la abstracción de sus composiciones sean de un nivel filosófico.

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