26 septiembre, 2022

Esta mañana escuché por radio la voz de Viviana, una niña violada a los 6 años, y que ahora mujer enfrenta su trauma emocional desde los estrados judiciales. El victimario es un personaje de la clase social alta de Barranquilla, seguramente creyente todavía de la cultura del derecho de pernada feudal. Nadie que no haya pasado por estas circunstancias de vida y desde la infancia, tiene idea del dolor, el miedo y el sufrimiento padecido desde que la víctima se acuesta hasta que se levanta al nacimiento del sol del otro día. Nadie tiene idea sino ha pasado por las piedras encendidas de esta fractura corporal y de alma, excepto los terapeutas de la mente humana, psiquiatras y psicólogos. Confiesa Viviana que mandar a su niña al colegio o a casa de los vecinos le dispara los miedos y le revive sin querer su traumática experiencia de violencia sexual del pasado. Y desde aquella tierna edad la sexualidad y el mismo sexo surtieron como un cuchillo rompiendo su inocencia. Y seguramente siguieron siendo después un misterio de la carne y la mente. Porque en el futuro aquella herida incomprendida y enferma sería una intrusa en la cama. Hasta la fecha no se conoce un caso donde la infelicidad, el dolor, la vergüenza y el sufrimiento no sean hermanas de convivencia de las víctimas. Viviana es la niña, todas las niñas del mundo. Aterra la indefensión, la repetición, la indiferencia, la impunidad y el poder machista. Según la organización Temblores la fuerza pública desde 1917 ha violado 148 niñas escolarizadas. En el 2019 se suicidaron 287 niños y este año, hasta abril, van 79 suicidios, sin pensar en las que lo han intentado. ¿Cuántas niñas adolescentes están insertas en esas estadísticas de suicidios? Después que vi el documental “Asquerosamente rico,” en netflix, una radiografía de la personalidad de Jeffrey Epstein, el pedófilo gringo, concluí que el depredador sexual es un sujeto desviado del tronco patriarcal y machista instituido culturalmente en la sociedad. Es su lado extremo. Es un enfermo sexual. Y es un depredador porque él es la misma muerte. Es un ser chupa almas de niñas y niños y mujeres jóvenes y adultas. Ojalá todas las niñas y las mujeres del mundo, y los niños y los hombres violados, contarán sus historias de violencia sexual para desenmascarar a los violadores y a este modelo cultural de muerte machista, representante de la vergüenza ajena. “De pequeño […] me hicieron cosas que me llevaron a gestionar mi vida desde una posición según la cual yo, y solo yo, soy culpable de todo lo que me desprecio de mi interior. Era evidente que una persona solo podía hacerme cosas así si yo era intrínsecamente malo a nivel celular. Y todo el conocimiento, la comprensión y la amabilidad del mundo no bastarán para cambiar, jamás, el hecho de que esa es mi verdad”. Del libro Instrumental de James Rhodes, citado por Leila Guerriero en su columna “Matar a un niño,” en El País de España. Estamos obligados a revisar y reconceptualizar la hombría, la virilidad, matar la misoginia y sí es posible asesinar al ser oscuro que llevamos dentro.

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