WESTCOL PRESIDENTE

Por Giancarlo Silva Gómez
En estos días posteriores a la primera vuelta presidencial me acordé de repente de Juan Carlos Vélez Uribe. Para quienes tiene amnesia conveniente, o emotiva, fue el estratega de campaña del centro democrático quien confesó con cinismo rampante que para el plebiscito de hace 10 años sacaron a la gente a votar con rabia e indignación, apelando al miedo al castrochavismo y a la ideología de género.
En ese debate, que terminó con cincuenta mil votos de diferencia, partieron el país en 2: por un lado los mamertos que queríamos quitarles beneficios a los pensionados para entregárselos a los guerrilleros desmovilizados, y por otro lado los defensores de la patria que evitarían que nuestros hijos se volvieran gays en los colegios porque los profesores eran adoctrinadores a sueldo.
Por esos días, un ciclón o tormenta tropical, no recuerdo con precisión, azotó la costa y fue la región con mayor abstención.
Y así se quedó. El estado colombiano dividido en dos antípodas. Que viva la polarización!
La polarización es el sofisma más pendejo de la fauna electoral. Desde siempre la democracia ha podido subsistir con 2 sectores y sostener como dos vigas el andamiaje electoral. Liberales y conservadores, demócratas y republicanos, etc. Lo único que le ha añadido la creatividad electoral colombiana es la violencia, amalgama de nuestro ADN cultural.
Pasa una década y nada cambia.
Sacaron a votar a la gente con petrofobia y homofobia (pobre Oviedo). Y les funcionó. Nos dividieron entre guerrilleros comunistas a quienes nos gusta vivir inseguros y atentamos contra el status quo, y, de nuevo, los defensores de la patria que evitarán que los bandidos sigan entregando el territorio a las disidencias y los grupos armados.
La costa fue la región con el mayor abstencionismo (rayando en lo histórico) pese a que el pasado 31 de mayo fue la votación más alta conocida en Colombia. Cepeda y Petro apuntarán a la costa en segunda vuelta, mientras el señor de la Espriella apuntará a que los grupos preocupados por su poder regional compren los votos para aceitar la aplanadora.
Abelardo va a ganar el 21 de junio. No lo hará con mi voto o aquiescencia; muy a mi pesar va a pasar por 2 razones. Una mítica y otra filosófica.
La primera, la mítica, es que hay diez millones de personas que sufren del síndrome de Sísifo, personaje de la mitología helénica que hizo enfurecer a los dioses por creerse más astuto que los mismos, y que en gracia de esta furia, fue cegado y condenado a cargar una pesada piedra redonda cuesta arriba en una loma empinada, para que, después de tal esfuerzo, volviera a rodar cuesta abajo por la colina hasta el valle donde empezaba de nuevo. Subieron la piedra con mucho esfuerzo y en contra de su voluntad, y ahora la ven caer dando alaridos mientras caemos en una democracia pendular que baila entre progresismo y retrogadismo, que en nuestro entorno, se refleja en 200 años de vida republicana autocrática y sectaria.
La segunda, la filosófica, es que a través de las encuestas no se reflejó una realidad, sino que se creó a conveniencia por la teoría de dispositivos de poder de Foucault: en años o debates pasados el principal dispositivo de poder era la comunicación y por eso los debates programáticos eran el pináculo democrático; pero en estos tiempos astronómicos (como diría el pachanga) lo más importante es enterrar la razón en el baúl de lastres o cuarto de san alejo, para poner a aflorar la emoción. Y más que por las redes sociales, lo hicieron a través de las encuestas, dispositivo de poder que se basa en aquella premisa que las encuestas son la manera matemática de decir una mentira creíble.
Los últimos aprestamientos hípicos, como decían en la cabalgata deportiva Gillette (chiste para viejos) serán bocato di cardinale para los estrategas que venderán un producto artificial, postizo y que raya en lo cómico, en detrimento de una postura más racional y consecuente.

Pero la culpa no es mía. Estoy seguro de ello.
La culpa de esto, sin lugar a dudas, es de aquellos faros de la moral que se hacen llamar candidatos o políticos de centro. El centro no existe. No tiene partido, no tiene votos, no existe. Pero pretende crear una narrativa de grandeza y superioridad intelectual según la cual los extremos se componen de brutos obcecados que nos los entendemos a ellos, los iluminados, que para hacerse visibles alimentaron el miedo al gobierno actual, que lo pisotearon a placer para crear una petrofobia que aprovecharon los medios para hablar del voto útil (el voto de quien no quiere perder) y crear, de contera, el engendro que vivirá en el palacio de Nariño.
Pero, aún con perdones, lo peor de todo esto es que se allana el camino para que westcol, después de hacer las más sesudas y oportunas preguntas, herede el show de Trump, la barba de bukele y la motosierra de Milei, que dejará como legado el ciudadano americano e italiano que solucionará en 10 días el tema de las 10 mega cárceles que permitirán el regreso del país godo y uribista que nos va a salvar por fin! El doctor westcol no necesitará pasar por ralito, por Saab, ni por DMG, ni nada de ese recorrido heroico que ha debido trasegar nuestro prócer postmoderno, porque para ese entonces los clanes de la costa seguirán siendo hegemónicos y plenipotenciarios y la plata correrá rauda gracias al plomo.
A guisa de coda: No sé si estas líneas son tristes o irónicas. O si nuestro futuro se vislumbra triste e irónico. Ya me siento apocalíptico y pesimista, pero jamás, nunca jamás, capaz de votar por el engendro de la petrofobia agrandado por el “centro”.
la mención de Westcol no busca atacarlo ni criticarlo personalmente. Se trata simplemente de una referencia dentro de una reflexión sobre el momento político y cultural que vivimos. No tengo nada en contra de él ni de su trabajo; su nombre aparece aquí como parte de una idea más amplia y no como objeto central de la crítica.
