2 octubre, 2022

El maldito estornudo vecino

Por. Pedro Conrado

… el miedo es un poderoso movilizador desde que se inventó el infierno.

Francisco Cajiao

Ya pasé la barrera de los 60 años, una hazaña en un país de muerte y en una nación que ha tenido por costumbre matar para llegar o para sostenerse en el poder. No hay una sola generación de colombianos que se haya salvado de las armas de la guerra desde la independencia. Apenas estamos intentando sostener en el tronco del árbol la flor de la paz. Y ahora nos enfrentamos a un monstruo invisible que estrangula la vida a través de un síndrome conocido como coronavirus. Nadie en el planeta tierra vive tranquilo, porque todos tienen miedo, miedo de verdad. Lo tienen los que gobiernan en el mundo e incluso hasta aquellos que inventaron el virus, según las voces maldicientes de las redes. La muerte se ha hecho visible así como una vez se hizo en la segunda guerra mundial. Ella ha invadido la conciencia de los vivos a pesar del grupito de estúpidos que cree todavía que este fenómeno médico es el producto de los magos del mal. Confieso que yo nunca le tuve miedo a la parca, porque pensaba que era el remedio contra el dolor, el sufrimiento, la pobreza y los males del espíritu humano. Pero hoy que cualquier maldito estornudo vecino nos afecta, he tomado conciencia de ella y le temo a la mortalidad, al olvido.

Y no sé si era mejor morir en el pasado que morir hoy, o mañana. Piense en los más pobres de la tierra.

El pánico creado por los medios es producto del miedo y a desaparecer como cualquier cosa. De nada serviría el poder. Y sin embargo, todos tenemos miedo e incluso febrilmente aquellos que como Mauro, un camarada del trabajo, recuerda angustiado y sudado en las madrugadas de estos días. Se toca el rostro y la garganta para comprobar que es solo un sueño, mientras su esposa le pregunta atortolada ¿Qué tienes? O Roberto, mi hijo, a quien le preocupa que aparezca de la nada la reuma. Tengo miedo, le confiesa a su madre.

Sin percatarnos  hemos cambiando de comportamiento social, la rutina conocida está casi muerta, nada de besos en las mejillas, saludos a distancia, las reuniones se han limitado a menos de 25 personas, nada de ir al cine, cierre de bares, cantinas y restaurantes, toque de queda, confinamiento… Estamos en tránsito para relaciones inéditas. El otro ya no es el mismo, es un sujeto bajo sospecha. Nada de abrazos ni la vieja práctica del ritual de la paz en las iglesias. La vida ya no será la misma ni el mundo el mismo, éste que en el pasado era percibido como una realidad lejana. Ya no se volverá a decir “Esa guerra no es conmigo.” Porque todo es con nosotros.

Por primera vez en la vida el hombre está sintiendo que forma parte de algo, que su individualismo es perturbador. El virus ha puesto en duda la individualidad. Antes del coronavirus existían todavía los fraccionamientos nacionalistas, buenos o malos. Y uno escuchaba frases como “Yo hago lo que me da la gana.” Pero hoy somos el mundo. En todo el planeta tierra hay enfermos y muertos por la enfermedad del aire del coronavirus. La muerte nos ha unido como una sola humanidad. En el lugar donde trabajo hay camisetas con el lema “Yo me cuido para que tú te cuides.” Es la intención de construir una filosofía de vida para un mundo en crisis.

El confinamiento debe servir para reflexionar sobre lo que nos pasa y por qué nos pasa, lo que nos pasa. La calentura de la tierra en algunos puntos de la geografía mundial, es una alerta diciente del malestar del planeta y este fenómeno médico del coronavirus debe ser otro tipo de alerta para los ciudadanos del mundo.

Los animales viven mejor que nosotros los seres humanos. Ellos no dañan la naturaleza.

No podemos vivir en estado de emergencia, el capitalismo y los gobiernos del mundo deben gobernar para todos, no para una clase, los privilegios deben abrazar a todos los hombres para que las estructuras de la salud mundial tengan respuestas no de plusvalía financiera, sino de bienestar humano. Ya todo no es economía. El coronavirus ha desnudado los intereses espurios de las sociedades desarrolladas y en desarrollo, o subdesarrolladas como la nuestra, que tiene un gobierno con respuestas reactivas. El sistema de salud colombiano es tan catastrófico que la gente no teme morir – tienen conciencia de la mortalidad – sino vivir para ser mal atendidos en centros de salud precarios cuando enferman.

Vivimos ciertamente en las fronteras dela peligrosa entidad de la muerte y, sin embargo, no deja de ser fascinante para los ojos que todavía se asombran y para aquellos otros que ven más allá del dolor y el sufrimiento, la locura del hombre, ojos en tránsito, desacomodados aunque alucinados por la locura y el desorden, o la desestructuración del mundo.

Ya no seremos los mismos después del maremoto del coronavirus. Hay que volver a la mente crítica, a las lecciones que implicó mirar de frente a la muerte, al hecho de acostarnos o salir a la calle con miedo, a no volver a vivir otra vez la mediocridad del espectáculo de la vida y siempre, a experimentar de otra manera el confinamiento y el padecimiento del ocio inútil, o repensar el hecho de ver morir la experiencia de los abuelos, que según Juan Esteban Constaín, “debe ser narrado y comprendido, recordado, explicado a partir de su pasado que aún vive.” Porque un anciano no representa solo la vejez de un individuo, representa el pasado histórico de la sociedad. Es decir, un saber, un conocimiento, una conexión, o la fotografía extraviada en la memoria debilitada del mundo. Todo esto será evocado como lo hicimos con el hipismo de los años 60 y no como una anécdota histórica cualquiera, sino como un hito de la historia, esta sí mundial, que nos cambiará para siempre. Y no olviden lo que dijo el escritor italiano Paolo Giordano: “En tiempo de contagio, la carencia de solidaridad, es ante todo, una falta de imaginación.”

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