20 junio, 2026

por Gian Carlos silva

El fascismo es una doctrina política que se compone de elementos y pasos que se pueden replicar sin descanso como en un bucle. De hecho, se compone de un manual, que al seguirse al pie de la letra deriva en la autocracia y el autoritarismo.

Los fascios italianos era organizaciones, casi tribales de la entelequia de la Italia recién conformada después de la lucha de garibaldi, que buscaban imponer un orden ultra nacional y autoritario. Por eso, su nombre devenía del símbolo romano fasces (un haz de varas atadas alrededor de un hacha), que representaba la autoridad y la fuerza.

Su ideólogo y precursor, Gabriele D’Annunzio, enunció los elementos de este dogma que inspiraron la llegada de Benito Mussolini al poder: un saludo, el color de una camisa (camisas negras), el uso exacerbado del nacionalismo a través de figuras como la patria, la religiosidad, el miedo y el odio.

Para que este mecanismo funcionara se necesitaba un enemigo que, para esa época, sería el comunismo derivado de la revolución bolchevique de 1917.

Funcionaban de forma casi tribal y tenían un partido endeble que necesitaba una figura mesiánica y secular, casi épica, como lo era Mussolini.

Idéntico fenómeno se verificó en Alemania. Herida en su orgullo por la humillación que suponían los tratados de Versalles, el partido Nazi se erigió como una fuerza secular representada por un mesías de nombre Adolf Hitler, que tenía un saludo emblemático, usaba un color de camisa distintivo (camisas pardas), exacerbaba el nacionalismo idealizado en la raza aria y profesaba un odio sociópata y xenófobo por los judíos hasta causar un holocausto deleznable. 

Esa película la vimos todos. Si no la vimos, la hemos escuchado mencionar. 

Pero estamos ante una nueva versión que, de contera, se llama neofascismo.

Ya en este siglo, Bolsonaro, adalid de la derecha que vino a salvar a Brasil de la peste Lulista, intentó sin mucho éxito apropiarse de la camisa de la selección brasilera, apeló al nacionalismo de un país de regiones tan diversas y usó un saludo más parecido a una despedida.

Al libreto de la primera mitad del siglo XX le agregaron el show y la simbología de animales y voilá:  Quedó reeditado el manual de la nueva técnica de manipulación de masas.

Por eso el candidato elaborado con este manual apela a un saludo militar, usa un color de camisa (amarilla por la selección), apela a un nacionalismo basado en la patria (no en el estado o la nación) y una religiosidad ambigua y conveniente que le permite sembrar miedo y odio por doquier. A esto se le suma la motosierra del león Milei para destripar a los malditos zurdos, la música y luces de Trump y la apariencia, con injertos y pigmentos cutáneos, de bukele. La célula vital ya no es una tribu, sino que se erige como una manada.

El enemigo es ahora la izquierda democrática (progresismo) y confunden a placer el comunismo, el socialismo, la guerrilla. El enano del carriel, experto en estas lides, ahora usa el neo comunismo, que me parece que es primo hermano del castrochavismo y la ideología de género.

Es una fórmula mejorada.

Quiero en este punto hacer una claridad: no creo que los votantes de Abelardo sean alguna especie de ignorantes o imbéciles que se dejan llevar por la aplicación de un manual creado hace 100 años. No señor. Jamás haría semejante cosa, menos en tratándose de la decisión democrática, libre y respetable de muchos amigos y personas cercanas a quienes aprecio y seguiré frecuentando. Solo recuerdo esa doctrina por una simple razón: está funcionando.

Es raro, pero comprensible que esto sea así. Es raro porque Colombia es el país de la región con menos regímenes militares en su historia republicana: solo uno. La doctrina castrense no es tan de la médula como lo es la democracia per sé. Pero también es comprensible porque esos votantes son políticos que se acomodan a las dinámicas y personas del común que apelan al voto útil, porque simplemente no quieren perder.

Es una gran psicosis o histeria colectiva impulsada por el miedo a que una persona, aliada al demonio y alejada de dios, se convierta en una amenaza estructural al status quo de la cual solo nos puede salvar nuestro héroe épico posmoderno: el profeta converso que ya no cree que somos cafres y es adicto a la changua y el aguardiente.

Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo

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