2 octubre, 2022

Hiroshima, 6 de agosto de 1945

Por Pedro Conrado Cudriz

“La temperatura en el epicentro dobló la requerida para fundir el hierro. Los vientos que derrumbaron las casas como si fueran naipes triplicaron la potencia del tifón más devastador de la historia del Japón, y las casas que soportaron la fuerza arrasadora del impacto sucumbieron a las llamas.” Juan Carlos Botero, El Espectador. Dos caras de la bomba atómica. 

Quizás lo que hemos logrado saber del lanzamiento de la bomba atómica en la segunda guerra mundial, no sea suficiente para entender lo humano. Es decir, el hombre en la guerra. La guerra sin embargo, no debe ser una excusa para desaparecer, y es literal esta expresión, una comunidad humana. Es incomprensible e irracional lanzar una bomba nuclear contra una pequeña ciudad inerte e indefensa en cualquier lugar de la tierra. Uno puede escuchar los argumentos que quiera y puede pensar que las situaciones de la guerra provocan estos estados demenciales transitorios. Los puede escuchar. Pero son inadmisibles. 

Es inimaginable lo causado al observar las fotografías y ver a Hiroshima convertida en un infierno y desaparecida luego del mapa del mundo. No lo puedo imaginar y si lo imagino a mi memoria viajan las imágenes de los desastres que desata la fuerza de la naturaleza en ciertos territorios. Pero hasta 1945, era impensable esta tragedia histórica para los japoneses como para los que lograron lanzar la ballena atómica que provocó la destrucción y el fuego, y también fue impensable para el mundo. 

La guerra es el monstruo que inspira y desata la maldad humana, la oscuridad que ciega al hombre y lo obliga a hacer lo más abominable de todas las aberraciones inimaginables. Esa es la única razón para abominar de ella y evitarla. La segunda guerra mundial es un ejemplo de todas las perversidades humanas, concentradas en los campos de concentración nazi y en los acontecimientos de Hiroshima y Nagasaki. Y también la guerra nuestra es otro ejemplo de lo que no puede ser. 

En la cabeza de esta tragedia está el poder.  

Leyendo a Simon Sebag Montefiore en “Escrito en la historia o Cartas que cambiaron el mundo,” uno encuentra chispazos de humanidad en la guerra. En la carta que el capitán A. D. Chater, británico, le dirige a su madre en la navidad de 1914, y desde las trincheras le escribe para contarle lo que parece inadmisible entre enemigos de guerra y que para él son extraordinarias. “Creo que hoy he visto las cosas más extraordinarias que nadie haya podido ver… Estábamos a punto de abrir fuego cuando vimos que (dos de ellos) no tenían fusiles, así que uno de los nuestros salió a encontrarse con ellos; y pasados dos o tres minutos la tierra de nadie estaba repleta de tropa y oficiales de los dos bandos, que se daban la mano y se deseaban mutuamente una feliz navidad.” Fueron varias horas donde se intercambiaron cigarros y autógrafos entre hombres que al día siguiente se matarían a plomo.  

Y hay otra epístola que nos causa estupor y vergüenza humana, porque nos lleva al callejón de la desesperanza y la impotencia y porque todavía se siguen repitiendo los actos vergonzosos de la guerra. Es la carta que Harry Truman le dirige al periodista Irv Kupcinet en agosto de 1963, donde le escribe: “Se hizo para evitar la muerte de 125 mil jóvenes del bando estadunidense y otros 125 mil del japonés, y eso es lo que se consiguió… No lo lamento y, en las mismas circunstancias, lo volvería hacer…” 

La historia es la madre de las no verdades y los guerreros vencedores intentan escribirla. Aquel 6 de agosto de 1945 murieron más de 100 ciudadanos japoneses y más de 70 mil quedaron gravemente heridos en un entorno infernal. 

Así es la historia humana desde antes y después de Cristo. Una miseria de guerra y guerreros amantes de la muerte. 

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