5 octubre, 2022

La condición humana

Por. Aurelio Pizarro

Muchos llegamos a ilusionarnos con la idea de que el ser humano—aunque sólo hubiera sido por el miedo a la muerte o por respeto ante la calamidad— iba a cambiar su naturaleza egoísta y depredadora durante el desarrollo de la pandemia. O que, al menos, iba a atenuarla. Pero jamás imaginamos que lo que iba a hacer era a extreñarla, a llevarla a terrenos que lindan con lo salvaje y lo despiadado. Y ello no es algo que se haya dado en la población más desfavorecida del mundo; antes por el contrario ha sido una práctica implementada por los ricos. Aquí en Colombia, por ejemplo, que se pronosticaban saqueos masivos de los supermercados por parte de los pobres, ha resultado ser completamente al contrario, han sido los dueños de los supermercados quienes se han aprovechado de su poder político para someter con engañifas como la del día sin IVA la voluntad de las personas más incautas. No hablemos ya de las tretas del sector financiero o de esas quince EPS que están siendo investigadas por la Superintendencia de Salud por su inhumana actuación ante la pandemia. Si ni siquiera a las invasiones de terrenos —como la que ha estado a punto de suceder en el barrio La Arenosa II, en Santo Tomás— puede atribuirseles ya ese carácter romántico de antaño (por aquello de la lucha por la tierra), porque ahora se mueven bajo la batuta de mafias organizadas que, amparadas en la cuarentena, se han sabido aprovechar del hambre de la gente para hacer negocio y dejarle a los municipios un grave problema de miseria estructural.

Pero curiosamente, esa no es una conducta que se esté dando sólo al interior de los países. Ocurre también en la relación entre los países mismos.Se pensó, en un principio, que las naciones más ricas iban a desplegar las mejores estrategias en la pandemia y que iban a liderar un modelo de conducta que influiría en el resto de las naciones. Sin embargo, ahí tenemos a Estados Unidos y a Brasil atollados en el lodazal de muerte en el que los han metido sus líderes, esos mismos que, aun sin que haya sido aprobada la vacuna, han logrado acaparar ya la mayoría de la producción anunciada para intentar tapar con ella sus culpas. Eso mismo había hecho ya Trump con la producción mundial de Remdesivir, como si quisiera convertirlo en el medicamento milagroso que le logre salvar el pellejo en las elecciones que vienen.

Aun con todo, no tenemos nada de que sorprendernos. Ésa ha sido siempre la dinámica que rige al ser humano: la del rico de barrio que no sabe hacer otra cosa que querer pisotear al vecino. Ya podemos imaginarnos a Paloma Valencia o a la Cabal haciendo pasar a toda su familia como personal de alto riesgo para que las primeras dosis sean para ellos y no para los médicos o los adultos mayores. Es la historia de la humanidad desde sus inicios y nosotros no sentimos la obligación de ser superiores a nuestros instintos. Curiosamente es una práctica que ni siquiera lleva a cabo el virus: éste se reproduce, se protege como colectivo, sin que una molécula termine matando a otra. Nosotros, en cambio, seguimos aquí, enseñándole a nuestros hijos la dinámica del sálvese quien pueda, la de escalar en la vida pisoteándonos entre nosotros mismos. Es terrible lo que el virus está haciendo con nosotros, pero nada es comparable a lo que el hombre se hace a sí mismo, y para muestra tenemos barbaridades como la esclavitud, la tortura, el napalm, los campos de concentración, la bomba atómica o los falsos positivos. Por ello ninguna especie logrará quitarnos nunca ese privilegiado lugar de mando; cierto que el coronavirus nos ha enseñado unos colmillos enormes, pero para eso estará ahí pronto la vacuna, para eliminar al enemigo invisible y devolvernos a ese sitial de honor que nos hemos sabido ganar como el virus más letal del mundo.

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