25 septiembre, 2022

La indolencia

Por. Aurelio Pizarro

En mi columna de la semana pasada me referí a la educación como el elemento que ha marcado la diferencia entre el comportamiento de los países desarrollados y nuestros países del tercer mundo ante la pandemia por el nuevo coronavirus. Y de hecho esa es una verdad de Perogrullo. Pero tras el entrecruce de conversaciones telefónicas que, después de publicar un texto, suelo sostener con mis amigos más cercanos, he llegado a la conclusión de que quizás hay un elemento con un poder de devastación mayor y que se ha convertido en la columna vertebral de nuestra cultura desde los noventa: la indolencia. Podría citar aquí la definición que el diccionario hace de esta palabra, pero creo que no hay frase que la explique mejor que esa que se ha acuñado en los últimos tiempos en esta sociedad y que define a su vez la debilidad proverbial de nuestro talante: “Que roben, pero que hagan”.

Es una frase en apariencia sensata, que trata de demostrar que ante la certeza del desfalco, es mejor optar por el hecho de que los funcionarios se roben los dineros públicos poniendo un par de ladrillos a que lo hagan sin construir nada. Pero esa es una frase peligrosa; la más peligrosa que nos hemos podido inventar. Y lo es porque con ella dimos todo por aceptado, le otorgamos patente de corso a la delincuencia de cuello blanco para que haga con este país lo que le venga en gana. Es así como hemos llegado donde estamos, ante la certeza de que los recursos destinados por el Gobierno nacional para hacer frente a la emergencia por la pandemia, no han llegado ni a los hospitales, ni a los sectores más vulnerables de la población, y ni siquiera aun a los entes territoriales en los que, aun cuando hubiesen sufrido un importante sablazo, de una u otra manera hubieran terminado siendo más fáciles de controlar. Son recursos que se cifran en billones de pesos—ciento diecisiete según declaró el mismo ministro de Hacienda— y que han sido repartidos a las EPS que no son más que administradores financieros cuyos propietarios vienen a ser los mismos propietarios de la banca. No nos extrañe entonces que estas hayan optado por declarar que no van a hacerle a los contagiados la segunda prueba que determina si ha sido superada o no la enfermedad y que aquí nadie haya dicho nada.

Ese es el resultado de la indolencia que profesamos y después de ello, nuestra capacidad de protestar se ha quedado reducida a maldecir a Electricaribe cada vez que se va la luz y a pisotear a los habitantes de Tasajera por un saqueo que, aunque de ninguna manera voy a defender, es infinitamente menor —y con unas consecuencias mucho peores para sus ejecutantes—que el que nos ha hecho el gobierno en alianza con el sector financiero. No quiero ser agorero, pero observando la galopante impunidad tras la que se difuminan los escándalos en este país (la Ñeñepolítica, los militares violando niñas, los asesinatos sistemáticos de líderes sociales o ese viaje de placer que hicieron el contralor y nuestro altivo fiscal general de la nación a las islas de San Andrés), me atrevo a decir que pronto los políticos pondrán de moda una frase que dejará por los suelos nuestra dignidad, pero con la que, sin duda alguna, todos nos vamos a reír: “El vivo vive del bobo y el bobo de papa y mama”.

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