6 octubre, 2022

La nueva normalidad

Por: Aurelio Pizarro

Si hay algo que no sabemos manejar en nuestro país es la moderación, los términos medios, la mesura. No somos capaces de vivir en el área de los grises, sino que sistemáticamente nos situamos o en lo blanco o en lo negro, en la oscuridad absoluta o en la luz más encandiladora: es por eso que siempre andamos a ciegas. E intuyo que ello tiene mucho que ver con nuestro pasado, con esa amalgama de orígenes que no nos ha permitido saber muy bien quiénes somos. De ella se deriva el desgobierno en el que hemos vivido siempre y que nos ha influido hasta en las cosas más nimias. Ya desde la independencia elegimos ser o santaderistas o bolivarianos y ese absurdo impulso de división nos ha perseguido hasta nuestros días. De hecho, no ha existido una etapa de polarización que nos haya calado tan hondo como la que estamos viviendo en este momento.

Pero lo que nunca imaginé fue que esa tendencia a los extremos iba a aflorar en las decisiones que adoptaran nuestros gobernantes ante los estragos de la pandemia. Es por eso que me ha sorprendido que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido implementar un proceso de transición para que nos fuéramos acostumbrando a convivir con el virus.

Han pasado de un extremo al otro como quien se cambia de camisa. Hasta el punto de que en la entrevista que, sobre la nueva normalidad, le concedió el consejero presidencial Víctor Muñoz al diario El Tiempo, hay un pasaje que bien hubiéramos podido tomarnos a chiste de no ser porque se trata de algo que tiene que ver con la supervivencia de todos. En el mencionado pasaje el entrevistador le pregunta al consejero qué va a pasar con los municipios de baja afectación que decidan cerrar cierto sector para evitar la propagación del virus y éste, tan pancho, le responde que deben mandar el decreto al Ministerio del Interior para que éste a su vez le consulte al Ministerio de Salud el cual seguramente dirá que ese sector no puede cerrarse. Ante esta respuesta absurda el entrevistador le dice al consejero: “Mejor dicho, antes había que tramitar un permiso para abrir un sector y ahora hay que tramitar un permiso para cerrarlo”. Y el consejero le responde como si estuviera hablando de fútbol: “¡Exacto!”

Esto viene a significar, en cristiano, que la vehemencia que tanto el presidente Duque, como Claudia López, por citar a dos de los gobernantes más regañones, gastaban antes para obligarnos a todos a estar encerrados la van a gastar ahora para obligarnos a salir a la calle. Y no es que yo no sea consciente de que un país no puede estar encerrado eternamente ni que esté abogando por un enclaustramiento asfixiante. No. Se trata del procedimiento. Sé que es necesario hacer una desescalada de la cuarentena, pero con lo que no puedo estar de acuerdo es con la forma en la que lo están haciendo. Parece que obedecieran las directrices de un dios perverso, que hubieran sido víctimas de una alucinación repentina. Y es que conociendo tan bien como conocen la mente de los colombianos (y no hay duda de que la conocen porque así ganan las elecciones), lo lógico hubiera sido ir haciendo una apertura gradual, con una socialización más concienzuda y anticipada. No hay nada que condicione más que la mente humana y ellos saben que de la misma manera en que la gente hizo del confinamiento un infierno, hará de todo esto un carnaval, que muchos sentirán, en algún rincón de su ser, que el virus ya se ha ido.

La triste realidad es que de esta actitud se deduce que nuestro gobierno no ha actuado nunca pensando en la salud de los ciudadanos, sino en cumplir con las estadísticas. Lo primordial para éste ha sido intentar liberar las UCI y los hornos crematorios, para cuando vuelvan a llenarse con apestados o con despojos de vecinos inertes poder ufanamente decir que lograron evitar el colapso, que mantuvieron a flote el sistema colombiano de salud. Esa es la verdad amarga que se desprende de este proceso y nuestros mandatarios han hallado en él su más explayada zona de confort. De no ser así —y créanme que traté de buscar una frase más impactante para terminar este artículo, pero me resultó imposible—, ese mismo consejero presidencial no habría dicho lo siguiente en un apartado todavía más grotesco de la mencionada entrevista: “De todas maneras acuérdese que el virus no desaparece porque usted esté encerrado. Esa es gente que tarde o temprano va a terminar contagiándose”.

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