25 septiembre, 2022

Un credo a la institucionalidad

Por. Giancarlo Silva

El recuento que pretendo hacer con estas líneas ya tiene cédula de ciudadanía, porque inicia hace más de 18 años; data de la campaña presidencial de 2002 cuando, en un evento académico de la universidad, tuve el desagrado de escuchar al entonces candidato paisa que vestía de camisa tipo polo, color rojo sangre, que pregonaba la mano dura y el corazón grande a través de la llegada de los cascos azules para acabar con las guerrillas (recuperando la zona de despeje) y al acogimiento de una doctrina católica extrema. Desde ese día entendí que su peligroso discurso era profundamente de derecha recalcitrante, pura y dura, y opté por votar por Horacio Serpa, quien sí era un candidato de formación y praxis verdaderamente liberal, y, por ende, más cercano a mi pensamiento en ese entonces.

Cada 4 años me identifiqué con los candidatos que, con o sin opción, pudieran evitar la continuidad de esa cosmovisión viciosa de la política nacional y pasé por Carlos Gaviria (q.e.p.d.), Gustavo Petro (Antanas Mockus en segunda vuelta), Clara López (Juan Manuel Santos en segunda vuelta para que no ganara Zuluaga) y Gustavo Petro nuevamente. Obviamente fue un golpe tras otro, porque lo único que aprendí es que el sistema funciona a fuerza de clientelismo, constreñimiento al elector y miedo activado por mentiras, en un engranaje ordenado y metódico, que incluso permeó por un tiempo al establecimiento que vio aterrado como un capataz con ínfulas de matarife, un enano de carriel, imponía un nuevo círculo de prohombres mafiosos y parapolíticos.

Y si algo me han enseñado Agro-ingreso seguro, las chuzadas, las ejecuciones extrajudiciales (mal llamadas falsos positivos), la Yidis Política, las masacres y desplazamientos a fuerza de motosierra, Hidroituango, la parapolítica, Reficar, el pacto de ralito, el hacker, Odebretch,  el castrochavismo, la ñeñepolítica, y demás bellezas de estos años (mencionarlos todos sería objeto de un compendio enciclopédico), es que esta amalgama bizarra de la derecha con el establecimiento siente un profundo desprecio por las instituciones. Atentan de forma inveterada y cínica contra la democracia y por sustracción de materia, se llevan por delante el estado social de derecho.

Desprecian tanto las instituciones que denuestan de los mecanismos de participación ciudadana (voto, tutela, plebiscito, referendo, revocatoria del mandato, cabildos abiertos, consultas populares, etc.), de la división y autonomía de los poderes públicos, la libertad de prensa y la preminencia de derechos como los de la vida y la paz, a fuerza de hacer parecer normal el nepotismo, el exterminio de líderes sociales, el choque de trenes, el control social a través de los medios de comunicación, los carruseles de contratación y otros ingeniosos ardides de culebrero que los caracterizan. Eso sin detenerme en la asombrosa, casi hollywoodesca, habilidad para burlar la justicia…

Cuando pasen unos lustros y se escriban estos años en la historia se podría llamar la patria mafiosa. O la para patria. O la patria falsa positiva. Ya tendrán tiempo de nominar este interregno como a bien tengan, pues igual es su tarea estudiar esa historia para que su conocimiento les impida estar condenados a repetirla.

Pese a todo esto soy un ferviente e ingenuo creyente en la institucionalidad.

El reto es pasar de una democracia, estado de derecho, participación ciudadana y transparencia administrativa formales a las reales; el reto es tener personas capaces de salir de ese círculo vicioso que nos impone el corsé de la corruptela y se atrevan a entender que la cultura mafiosa de ganarnos las cosas por la vía rápida, con el menor esfuerzo posible, sin atención al perjuicio del otro, ha minado nuestra capacidad de crecer como sociedad; el reto es deconstruir nuestra historia y poner los cimientos de un nuevo y mejor futuro.

Esta no es una tarea de prestidigitación como sacar un conejo del sombrero del mago. Es cuestión de regar la semilla que ha germinado en los últimos meses traducida en un descontento generalizado, una especie de plebiscito sin fin, contra cada acción de los gobernantes. Menuda tarea digna del ingenio chibcha y la tenacidad muisca que nos precede y que signa el derrotero de este país del sagrado corazón, últimamente consagrado por el sub presidente de abdomen hiperbolizado, a la virgen de Chiquinquirá, en desmedro del estado laico consagrado en la Constitución. Otra institución que desprecian para mover fibras espirituales por doquier.

En 5 años, cuando llegue una nueva generación, desprovista del pastranismo, el uribismo, el santismo (con su nobel a bordo), el duquismo (risa sarcástica) y muy seguramente el charismo o el ariasismo (sin descartar el cabalismo), tiene la obligación y el compromiso histórico de fortalecer las instituciones tan pisoteadas y vilipendiadas por esta doctrina infame y populista y llevar el estado de derecho a su verdadera expresión.

Necesitamos más rara avis in terris.

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2 pensamientos sobre “Un credo a la institucionalidad

  1. Lastima que estas sabias palabras solo lleguen a un círculo muy cerrado y no precisamente a aquellos que tienen que pellizcarse.
    Faltaría traducir con emojis para que nuestros jóvenes ( futuro de nuestro país), pudieran entender que lo que está en juego es su futuro).

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