15 octubre, 2021

Humano, supremamente humano

Por Pablo Emilio Caballero Pérez

La perdurabilidad de las creencias, por muy abstractos que sean los seres que ellas evocan, está en relación directa con la objetivación de las mismas, es decir, con su trasposición a la realidad material de los humanos y su expresión o realización a través de lo concreto. El ejemplo más vívido es la creencia en Dios y el demonio.  Han transcurrido más de tres milenios y ella se mantiene, a pesar de la sentencia proferida por el filósofo alemán Federico Nietsche: “Dios ha muerto”. Lo abstracto implica una operación mental mediante la cual una cosa es aislada de otras, con las cuales está relacionada para considerarla, estudiarla o analizarla. Y lo abstracto existe en forma de cualidades que se vuelven universales y son inseparables de los concreto: la blancura del algodón, la nieve y la leche, por ejemplo, la bondad, la generosidad y la maldad que son atribuibles a las personas. Por otro lado, la trasposición de las creencias a la realidad material humana se instrumentaliza mediante el empleo de los enunciados lingüísticos. Y estos tienen que ver con referentes estrictamente humanos. Así, la imagen de Dios resulta supremamente humana y verosímil. Veamos el repertorio referido a la divinidad, pero conectado con lo concretamente humano: el carretillero que va en la calle pregonando la venta de sus productos de pan coger se siente seguro porque “va de la mano de Dios”. Y la creencia medieval de que el cielo está arriba o encima del planeta tierra y el infierno debajo de este explica la expresión “Arriba està el que hacia abajo mira” la cual le otorga a Dios una ubicación concreta en el espacio a pesar de que contradictoriamente la creencia cristiana le atribuye el don de la ubicuidad, es decir, el de poder estar al mismo tiempo en todas partes. Dicha expresión, ya citada, reivindica para la divinidad la condición de juez que ajustará cuentas a los que provocan males a los demás y lo presenta dotado de ojos justicieros. Pero la idea de Dios opera no sólo en la dimensión del espacio sino también en la del tiempo, dimensiones en los que se mueve todo humano. De ahí la sentencia que dice “Dios tarda, pero no olvida”. Y en el análisis de la relación de la divinidad con lo humano encontramos la del parentesco; así, “ningún hijo de Dios muere boca abajo”; o las que se relacionan con órganos humanos como aquella, ya mencionada, en que “Dios nos lleva de su mano”, y la del cuerpo y corazón de Cristo. Además, en la cultura y la religiosidad popular cristiana Dios es visto como un benefactor o un castigador, que, como cualquier humano, dispensa premios y castigos; y experimenta emociones negativas, según se deduce de los dichos de las madres y abuelas que durante las tormentas eléctricas conminaban a sus hijos y nietos a “respetar la ira de Dios”.

De manera parecida, la creencia en el diablo o demonio, ser ultraterrenal, pasó de lo imaginario y abstracto a lo concreto y real a través de sus representaciones iconográficas; así se le muestra con cuerpo de macho cabrío dotado de cuernos y de pezuñas y con características que atañen al olfato: huele a azufre. Dicha representación se asocia con la de un sátiro, hombre cínico y lascivo. También durante el periodo de la conquista y la colonia los conquistadores cristianos españoles interpretaban las danzas y rituales indígenas y africanos como manifestaciones del demonio. Otro ícono representativo de satanás es la serpiente que en la imagen de algunas advocaciones de la virgen aparece pisada por esta y que según el mito bíblico es sujeto de tentación para Eva. En conclusión, homo sapiens, termina reduciendo al mundo de las percepciones sensoriales y de las formas corporales al ser celestial y al infernal, ubicándolos en el tiempo y en el espacio y adjudicándoles características, órganos y funciones de los humanos. 

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