27 noviembre, 2021

Del deporte a la enajenación

Por Félix R. Pizarro S.

El deporte en su esencia no incluye la mezquindad. El deporte abre las puertas del éxito a cualquier persona disciplinada y dotada de no muy comunes cualidades para la práctica del fútbol o el béisbol o el  tenis… Visto con tanta simpleza, surgirían inquietudes como: ¿por qué no triunfan todos los que lo practican? Y la respuesta es tan simple como el interrogante: porque son muchos los factores sociales, económicos, políticos, religiosos y de otro orden que aparecen en el camino de un deportista antes de llegar a la cima.

Y si el deporte en su esencia, sin mezquindades busca desarrollar física y mentalmente al hombre, no ocurre igual cuando aparecen desproporcionadas cantidades de dinero, y la actividad deportiva se desvía de sus más sanos fines. Así, por ejemplo, en Colombia, el mundial Brasil 2014 les sirvió a nuestros políticos para borrar la horrorosa campaña presidencial. O, el torneo planetario Argentina 1978, al General Videla para cubrir con un manto de olvido -así fuese transitoriamente- las 30.000 víctimas, entre crímenes y desapariciones, contadas durante la dictadura de este bárbaro que, detrás de la máscara de la hipocresía, estuvo presente en todos los grandes eventos de aquella justa mundialista. ¿Y qué tal, la transmisión televisada en directo de un partido de fútbol entre Millonarios y Unión Magdalena, el mismo día en que el M19 se tomó el Palacio de Justicia y ardía Colombia? ¿O la astucia de Benito Mussolini al utilizar el torneo de 1934 como propaganda fascista, hasta el punto de manipular el arbitraje para que Italia resultara país ganador?

Hay mezquindad en el  deporte si se manejan los resultados, por cuanto las fauces devoradoras de dinero no tienen en cuenta el efecto desgarrador que pueden causar en un niño o en un adolescente que comprenden la injusticia cometida contra su equipo preferido y manifiestan su impotencia en el llanto o en actitudes que los marcan para toda la vida. O expresan su descontento mediante una forma de venganza manifiesta en desórdenes, pedreas e incendios. O maldicen para siempre el deporte so pena de no mirarlo nunca más ni querer enterarse de lo que en él ocurra.

Es mezquino el fútbol cuando un chico se adhiere horas y horas a esa caja mágica de figuras y sonidos llamada televisor, mientras los libros y la posibilidad de formarse intelectualmente tras un futuro con mayores oportunidades permanecen arrinconados en las habitaciones del olvido, y la engañosa publicidad y los iconos se abren espacio en la mente del soñador, dado que navega en las embarcaciones de la gloria y, en su vivir onírico, se ve convertido en un deslumbrante astro enfocado por luces de cámaras, interrogado por periodistas que lo admiran, lo adulan y lo siguen… se pinta aplaudido y venerado por una afición. Nace la enajenación! Aprovechan los políticos de siempre para meterle muchos goles a una sociedad que por su ceguera no alcanza a entender que el deporte, al perder su esencia,  sirve, muchas veces, para distraer la atención del pueblo e impedir que los ciudadanos reclamen sus derechos. No quedan dudas: los dueños del balón emplean el deporte como distractor… nadie ha descubierto el agua tibia!

Brilla la inequidad cuando un inmenso abismo económico se cruza entre una  rutilante estrella de cualquier deporte y sus admiradores, que son casi todos, gente de los peldaños medios y bajos de la gran escalinata socioeconómica tercermundista: campesinos, estudiantes, enfermeras, albañiles, docentes, modistas, médicos, cocineras, coteros, empresarios, rebuscadores del diario vivir, actrices, cantantes… y una larguísima lista de camelladores no siempre bien remunerados que desempeñan oficios necesarios -a veces indispensables- para el desarrollo y la supervivencia humanos. Crecen los cosquilleos en las mentes y en las lenguas: ¿se justifica que haya tanto distanciamiento entre los ingresos monetarios de un deportista y los de un campesino? ¿Qué tal si tuviésemos que escoger entre patear un balón con el único fin de divertir por unos instantes a una heterogénea masa y trabajar la tierra para llevarles a toda las clases sociales el necesario pan  de cada día? ¿Es indispensable el futbolista o el labriego? ¿El deporte o el pan? ¿Los millones de euros de un deportista de alto nivel o el mísero jornal del campesino? ¿Podemos hablar de justicia social,  a partir de esas premisas? ¿Y si los futbolistas – para mencionar el deporte más popular – que son los obreros, incrementan astronómicamente sus cuentas bancarias, con un solo contrato o con pocos partidos, cuáles serán los ingresos de los dueños del negocio?

Tal vez, por ambicionar tan gruesas sumas de dinero, es por lo que muchos padres de familia, haciéndole juego a una progresiva alienación, prefieren desligar a sus retoños de la formación intelectual para orientarlos hacia el soñado estrellato deportivo. Sin embargo, pocos de esos hijos se visten de gloria, y quizás un buen número de ellos quedará a mitad de camino, sin educación y sin las mieles del deporte.

Los dueños del balón saben que vale la pena cancelarles, en el paroxismo de la mezquindad,  muchos pesos a unos cuántos para que la gran recua humana permanezca alelada por un distractor que le impide enterarse de sus propios problemas y la mantiene cómoda a pesar de cargar los grilletes de las más modernas expresiones de la esclavitud. Viva el deporte! Viva el deporte visto y practicado como deporte. Cómo actividad que ayuda a mantener la clásica máxima griega de Juvenal: mens sana in corpore sano.

1 comentario en «Del deporte a la enajenación»

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